Consulta online
¿De qué depende tu valor?
Hay días en los que podemos sentirnos seguros, capaces y satisfechos con nosotros mismos.
Hasta que algo ocurre.
Alguien nos critica. No recibimos la respuesta que esperábamos. Cometemos un error. Nos rechazan. No conseguimos algo importante. Una relación termina. Dejamos de rendir como acostumbrábamos.
Y de repente no solo nos duele lo ocurrido.
Empezamos a cuestionarnos a nosotros mismos.
Porque muchas veces nuestra autoestima parece sólida mientras se cumplen determinadas condiciones: mientras rendimos, gustamos, somos queridos, hacemos las cosas bien, nos sentimos necesarios o recibimos reconocimiento.
El problema aparece cuando nuestro valor depende excesivamente de mantener esas condiciones.
En psicología se ha estudiado este fenómeno como autoestima contingente. Investigadores como Jennifer Crocker han mostrado cómo podemos vincular nuestro valor personal a determinados ámbitos —la aprobación de los demás, la apariencia, el rendimiento o la competencia, entre otros—, haciendo que nuestra autoestima se vuelva especialmente vulnerable a lo que ocurra en ellos.
Y quizá por eso la autoestima tiene tanto que ver con nuestra estabilidad psicológica.
No porque una buena autoestima consiga que nada nos afecte.
Sino porque permite que aquello que nos ocurre no se convierta inmediatamente en una sentencia sobre quiénes somos.
Podemos cometer un error sin sentir que somos un fracaso.
Podemos recibir una crítica sin que todo nuestro valor quede cuestionado.
Podemos no gustarle a alguien sin concluir que hay algo defectuoso en nosotros.
Podemos fracasar en algo importante sin sentir que nosotros, como personas, hemos fracasado.
Y podemos necesitar amor, reconocimiento y pertenencia —porque somos seres profundamente relacionales— sin que nuestra valoración dependa completamente de recibirlos en cada momento.
Por eso trabajar la autoestima no consiste simplemente en aprender a decirnos cosas bonitas frente al espejo.
Implica algo bastante más profundo: descubrir sobre qué condiciones hemos construido nuestro propio valor.
Quizá aprendimos que para ser queridos había que agradar. Que para sentirnos valiosos había que destacar. Que equivocarnos tenía consecuencias. Que ser útiles nos garantizaba un lugar. Que necesitábamos la aprobación de determinadas personas para sentir que estábamos haciendo las cosas bien.
Muchas de esas reglas pueden llegar a estar tan incorporadas que ni siquiera somos conscientes de ellas.
Por eso, en lugar de preguntarnos:
«¿Tengo buena o mala autoestima?»
puede ser mucho más revelador preguntarnos:
«¿Qué tiene que pasar para que empiece a sentir que valgo menos?»
¿Que alguien me rechace?
¿Equivocarme?
¿No ser necesario?
¿Decepcionar a alguien?
¿No conseguir lo que esperaba?
¿Sentir que otra persona es mejor que yo?
Quizá ahí encontremos algunas de las condiciones que hemos aprendido a ponerle a nuestro propio valor.
Porque construir una autoestima más estable no significa convencernos de que somos extraordinarios.
Significa algo mucho más sencillo y, a la vez, mucho más profundo:
poder seguir reconociendo nuestro valor incluso cuando no estamos siendo nuestra mejor versión, cuando alguien no nos elige o cuando la vida no confirma aquello que necesitábamos creer sobre nosotros mismos.
Y entonces lo que ocurre fuera puede dolernos, decepcionarnos o afectarnos.
Pero deja de tener tanto poder para decidir quiénes somos.
11/08/2026