Durante años hemos creado cada vez más etiquetas para el malestar.
Pero ponerle nombre a algo no siempre significa entenderlo.
Una etiqueta puede ordenar.
Pero también puede limitar.
Cuando nos quedamos solo con el diagnóstico, dejamos de hacer preguntas importantes.
No es detenerse en el “¿Qué tiene?”, sino cuestionarse:
• ¿Qué le ha pasado a lo largo de su vida?
• ¿Qué situaciones fueron demasiado difíciles de integrar?
• ¿Cuándo pierde el equilibrio con más facilidad?
• ¿Qué papel juegan sus relaciones en lo que hoy le ocurre?
El síntoma no aparece de la nada, es dimensional:
- Tiene historia.
- Tiene contexto.
- Tiene sentido dentro de una trayectoria.
Si nos quedamos en la etiqueta, perdemos la oportunidad de construir una narrativa que explique cómo se llegó hasta aquí.
Y sin narrativa, no hay verdadera integración de lo sucedido.
El diagnóstico debería invitarnos a ampliar la mirada, no estrecharla.
26/03/2026