Siempre un poco más: el peso de la autoexigencia
La autoexigencia es un rasgo frecuentemente asociado a la responsabilidad, la implicación y el alto rendimiento. En niveles ajustados puede favorecer el logro de objetivos y el crecimiento personal y profesional. Sin embargo, cuando se vuelve rígida y constante, deja de ser un recurso adaptativo y pasa a convertirse en una fuente sostenida de presión interna.
En estos casos, la valoración personal queda excesivamente vinculada al desempeño. Aparece una tendencia a centrarse en lo que falta por hacer, a minimizar los logros y a mantener un nivel de exigencia difícil de sostener en el tiempo. Aunque desde el exterior estas personas suelen ser percibidas como eficaces y resolutivas, internamente pueden experimentar tensión constante, dificultad para desconectar y una sensación persistente de no estar a la altura.
Desde una perspectiva psicológica, esta autoexigencia excesiva no aparece por casualidad. En muchos casos es un reflejo del miedo a que nuestro propio autoconcepto quede en entredicho, como si el valor personal dependiera del rendimiento o de hacerlo todo bien. Este funcionamiento puede llevar a dinámicas de co-dependencia en el trabajo (acumular demasiadas responsabilidades o sentir que todo depende de uno mismo), dificultades para comunicarse de forma asertiva, un aumento de la ansiedad y, con el tiempo, cansancio y desánimo.
Reconocer este patrón es un primer paso para empezar a flexibilizarlo. No se trata de dejar de esforzarse, sino de encontrar un equilibrio más saludable entre el compromiso y el cuidado personal.
Cinco señales de exceso de autoexigencia:
1. Sensación frecuente de no estar haciendo lo suficiente, incluso cuando los resultados son adecuados.
2. Dificultad para delegar o poner límites.
3. Presencia de un diálogo interno crítico y poco tolerante con el error.
4. Necesidad constante de control y miedo a decepcionar a los demás.
5. Cansancio mental persistente y dificultad para desconectar.
Tres recomendaciones para empezar a gestionarla:
1. Revisar el diálogo interno: Preguntarse si la manera en que uno se habla sería la misma que utilizaría con alguien a quien aprecia. Identificar el tono crítico es clave para poder suavizarlo.
2. Ajustar las expectativas: Diferenciar entre lo que es importante y lo que es ideal. No todo requiere el mismo nivel de perfección ni el mismo grado de esfuerzo.
3. Dar espacio al error: Entender el error como parte natural del aprendizaje permite reducir la presión y construir una relación más realista con el propio rendimiento.
No se trata de eliminarla, sino de aprender a reconocer cuándo deja de ser útil y empezar a flexibilizarla. Con un trabajo progresivo, es posible reducir el malestar asociado y construir una forma de funcionar más ajustada y sostenible en el tiempo.
16/02/2026