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Disgrafía: Qué es, cómo identificarla y estrategias prácticas de intervención

Ideas clave de este artículo

  • La disgrafía es un trastorno específico del aprendizaje que causa dificultades persistentes en la escritura, y no debe confundirse con simple mala letra.
  • Las señales de alerta incluyen letra ilegible, errores ortográficos frecuentes y un esfuerzo desproporcionado al escribir, afectando el rendimiento y motivación del niño.
  • La intervención escolar debe ser individualizada, reduciendo la carga innecesaria de escritura, otorgando más tiempo y enseñando estrategias prácticas de planificación y revisión.
  • Mejorar la escritura requiere combinar ejercicios de control motor, desde el hombro hasta los dedos, con práctica específica enfocada en la dificultad concreta.
  • Las familias deben valorar el esfuerzo para evitar frustraciones, recordando que tener dificultades para escribir no significa tener problemas para pensar o razona

Aprender a escribir es un proceso complejo. No consiste únicamente en saber formar letras o escribir sin faltas de ortografía. Para escribir necesitamos coordinar diferentes habilidades: mantener la atención, organizar las ideas, recuperar palabras, aplicar reglas ortográficas y, además, ejecutar los movimientos necesarios para plasmar todo ello sobre el papel.

Por eso, cuando un niño tiene dificultades persistentes con la escritura, no siempre estamos ante una cuestión de falta de esfuerzo, desinterés o poca práctica.

En algunos casos puede existir un trastorno específico del aprendizaje con dificultades en la expresión escrita, dentro del cual se utiliza el término disgrafía para describir determinados problemas relacionados con la escritura.

Detectarlo adecuadamente es importante porque una dificultad mantenida en la escritura puede terminar afectando no solo al rendimiento académico, sino también a la motivación y a la percepción que el niño tiene de sus propias capacidades.

¿Qué es la disgrafía?

La disgrafía hace referencia a dificultades significativas y persistentes relacionadas con la escritura.

Estas dificultades pueden manifestarse de diferentes maneras. Por ejemplo, un niño puede tener problemas para:

• Escribir de forma clara y legible;

• Mantener un tamaño y espaciado adecuados entre las letras;

• Organizar el texto;

• Aplicar correctamente determinadas reglas ortográficas;

• Escribir con fluidez;

• Expresar por escrito aquello que sí sabe explicar oralmente.

La Asociación Española de Pediatría diferencia, además, distintos perfiles de dificultades de escritura y señala que pueden intervenir factores lingüísticos, motores y otros procesos cognitivos. (Asociación Española de Pediatría, 2022).

Por eso es importante no utilizar “disgrafía” como sinónimo de “mala letra”.

Una letra poco cuidada, por sí sola, no permite concluir que exista un trastorno del aprendizaje.

Señales de alerta: ¿cómo podemos detectarla?

Cada niño puede presentar un perfil diferente, pero existen algunas señales que pueden justificar una valoración profesional cuando son persistentes y afectan al funcionamiento académico.

Por ejemplo:

1. La escritura requiere un esfuerzo desproporcionado. El niño tarda mucho más que sus compañeros en completar tareas escritas.

2. La letra resulta difícil de leer. Incluso después de haber tenido oportunidades suficientes para practicar.

3. Aparecen errores frecuentes y persistentes de ortografía: omisiones, sustituciones o dificultades para organizar las palabras.

4. La escritura empeora cuando aumenta la cantidad de contenido.

5. Existe una gran diferencia entre lo que el niño sabe explicar oralmente y lo que consigue plasmar por escrito.

6. Evita las tareas que implican escribir o muestra una frustración especialmente intensa ante ellas.

7. El esfuerzo dedicado a escribir interfiere con otras habilidades. Por ejemplo, porque el niño dedica tanta atención a formar las letras que pierde el hilo de lo que quería explicar.

Es importante recordar que estas señales no equivalen a un diagnóstico. Las dificultades de escritura pueden tener diferentes causas y es necesario realizar una valoración adecuada para comprender qué está ocurriendo. La evaluación psicopedagógica/neuropsicológica con instrumentos estandarizados puede ayudar a determinar la naturaleza de las dificultades.

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Estrategias de intervención y adaptaciones en el aula

Una vez identificadas las necesidades del alumno, la intervención debe ser individualizada. No todos los niños necesitan trabajar exactamente lo mismo.

Algunas estrategias pueden ser:

1. Reducir la carga innecesaria de escritura

Si el objetivo de una actividad es comprobar si el alumno ha comprendido un concepto, puede ser contraproducente que toda la evaluación dependa de su capacidad para escribirlo rápidamente.

En determinados casos pueden utilizarse respuestas orales, ordenador u otros apoyos.
2. Dar más tiempo

La escritura puede requerir un esfuerzo considerable. Disponer de tiempo adicional puede permitir al alumno demostrar realmente lo que sabe.

3. Trabajar la escritura de forma progresiva

Es preferible trabajar objetivos concretos que pedir simplemente al niño que “escriba mejor”.

Por ejemplo:

  • Mejorar el tamaño de las letras.
  • Trabajar el espaciado.
  • Automatizar determinados trazos.
  • Estructurar una frase.
  • Organizar un párrafo.
  • Revisar errores concretos.

4. Enseñar estrategias de planificación y revisión

Antes de comenzar un texto podemos ayudar al alumno a responder:

¿Qué quiero decir? → ¿En qué orden lo voy a contar? → ¿Cómo lo voy a escribir? → ¿Lo he revisado?

De esta manera, escribir deja de ser una tarea global y difícil de controlar y se convierte en pequeños pasos.

Actividades y ejercicios prácticos

La escritura requiere un control motor progresivamente preciso. Para conseguir movimientos adecuados de los dedos, es importante que exista una buena estabilidad y coordinación de los segmentos que participan en la escritura: hombro, brazo, antebrazo, muñeca y mano.

Por ello, en aquellos niños que presentan dificultades en este ámbito, puede ser útil trabajar actividades que favorezcan el control postural y la estabilidad proximal, para después avanzar hacia movimientos cada vez más precisos de muñeca, mano y dedos. Esta progresión responde al principio de desarrollo motor proximal-distal.

Sin embargo, el trabajo motor no debería plantearse de forma aislada. Cuando el objetivo es mejorar la escritura, debe combinarse con práctica específica de escritura y con actividades dirigidas a la dificultad concreta del niño, ya sea la legibilidad, el tamaño y organización espacial, la fluidez, la formación de letras o la planificación de textos. La evidencia disponible indica que las intervenciones que incorporan práctica
específica de escritura son especialmente relevantes para mejorar el desempeño escrito.

Algunos ejemplos de ejercicios prácticos pueden ser:

1. Control y estabilidad de hombro y brazo

• Dibujar en grande: realizar círculos, líneas verticales, horizontales y diagonales en una pizarra o papel grande, utilizando movimientos amplios del brazo. • Caminos gigantes: seguir con el dedo o con un rotulador caminos, laberintos y formas grandes sin salirse.

• Dibujo en pared: dibujar figuras grandes en una superficie vertical. Esta posición favorece el trabajo de hombro y brazo.

2. Control de codo y antebrazo

• Carreras de caminos: recorrer caminos cada vez más estrechos con un rotulador, intentando mantener el movimiento controlado.

• Olas y espirales: realizar series de ondas, bucles y espirales manteniendo un ritmo constante.

• Trazos con dirección: realizar secuencias como ↑ ↓ → ← ↗ ↘, primero de forma amplia y después reduciendo progresivamente el tamaño.

3. Movilidad y control de muñeca

• El limpiaparabrisas: mover la mano de un lado a otro manteniendo el antebrazo estable.

• Pequeños círculos: realizar círculos cada vez más pequeños utilizando principalmente la muñeca.

• Caminos estrechos: completar recorridos en los que el espacio disponible se va reduciendo progresivamente.

4. Mano y dedos

• Pinza digital: recoger pequeños objetos utilizando pulgar e índice, después pulgar y otros dedos.

• Trasvases: trasladar pompones, piezas pequeñas o bolitas de papel de un recipiente a otro utilizando una pinza.

• Abrir y cerrar: utilizar pinzas de ropa para sujetar tarjetas alrededor de un recipiente.

• Tocar el piano: apoyar la mano y levantar cada dedo de forma independiente, siguiendo una secuencia.

• Pulgar viajero: tocar con el pulgar la punta de cada dedo siguiendo diferentes secuencias.
La intervención eficaz no consiste en hacer escribir al niño indiscriminadamente durante más tiempo. Las intervenciones en los trastornos específicos del aprendizaje deben ser sistemáticas, individualizadas y ajustadas a las dificultades concretas. (Gillespie & Graham, 2014).

¿Cómo pueden ayudar las familias?

Una de las cosas más importantes es evitar que la escritura se convierta en un conflicto diario.

Si un niño necesita mucho más tiempo que sus compañeros para completar una tarea, aumentar constantemente la presión puede incrementar su frustración sin solucionar la dificultad.

Algunas pautas pueden ayudar:

  • Valorar el esfuerzo además del resultado.
  • Dividir las tareas largas en partes pequeñas.
  • Dar instrucciones claras y concretas.
  • Evitar comparaciones con hermanos o compañeros.
  • Preguntar qué parte de la tarea le resulta más difícil.
  • Coordinar las estrategias utilizadas en casa y en el colegio.
  • Pedir una valoración profesional cuando las dificultades son persistentes.

Y, sobre todo, recordar algo fundamental:

Tener dificultades para escribir no significa tener dificultades para pensar.

Un niño puede tener buenas ideas, comprender perfectamente una explicación y tener muchas capacidades, pero encontrar obstáculos para trasladar todo eso al papel.

La disgrafía no debería entenderse simplemente como “tener mala letra” o “no esforzarse lo suficiente”.

Las dificultades relacionadas con la escritura pueden ser complejas y afectar a diferentes procesos. Por eso, cuando observamos problemas persistentes que interfieren en el aprendizaje, es importante intentar comprender qué está dificultando realmente la escritura.

Una buena intervención no consiste únicamente en hacer que el niño escriba más.

Consiste en identificar qué necesita, enseñarle estrategias específicas y adaptar el entorno para que pueda demostrar todo aquello que sí sabe.
Porque muchas veces el problema no está en lo que el niño quiere decir, sino en las dificultades que encuentra para conseguir plasmarlo por escrito.

Referencias

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