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Correr para no sentir: El "hacer" como anestesia del alma
A veces, el mayor peligro no es quedarse quieto, sino ser incapaz de parar. Existe un fenómeno cada vez más común en nuestra sociedad que podríamos llamar la fuga hacia adelante. No se trata de una simple "autoexigencia" de esa que busca la excelencia para sentirse bien con uno mismo. No, es algo mucho más primario y urgente. Es el Yo que, ante un dolor que no sabe cómo gestionar o una angustia que le desborda, decide —inconscientemente— dejar de pensar.
¿Y cómo se deja de pensar? Haciendo. Actuando sin descanso, llenándose de compromisos, corriendo de un lado a otro como un "pollo sin cabeza". En este estado, el "hacer" no es productivo sino una especie de anestésico.
1. La lógica de la "Descarga a Cero"
Cuando entramos en esta dinámica, dejamos de funcionar bajo el principio de buscar lo que nos gusta (el principio del placer) y en cambio nos comportamos en automático y lo que buscamos es, simplemente, vaciar el depósito: la descarga a cero.
Descargar completamente la cabeza de tensión, de angustia, de miedo...
Pensemos en el caso de Elena. Ella vive en una agitación mental y física constante; llega a casa como un "perro cansado", con la respiración entrecortada porque no sabe lo que es el reposo. Ella misma lo reconoce: se pone "una y mil cosas por hacer para no pensar". Esa es la fuga. El movimiento se convierte en una droga.
En personas como Elena, esa energía interna no encuentra paz y busca descargarse hasta quedar exhausta. Por eso, quizás, conduce a toda velocidad o se expone a riesgos innecesarios. Es una forma de huir de fantasmas del pasado que están ahí, congelados, y que solo puede "manejar" si corre lo suficientemente rápido como para que no la alcancen.
2. El orden como armadura
Luego están los que, como Javier o Beatriz, han construido su identidad basándose en el orden, el cumplimiento y el control absoluto.
Javier ha pasado décadas "reparando la máquina" para seguir produciendo al máximo, intentando competir con gente ñ de 40 cuando su cuerpo ya le enviaba señales de alarma. Su fuga era trabajar 12 horas diarias para no tener que enfrentarse a la realidad de que el tiempo pasa y las energías cambian.
Beatriz es diferente. Su refugio es el saber, el control y la minuciosidad extrema. Para ella, que alguien le cambie un plan o que aparezca una mínima "arruga" (el desorden) en su vida, es una afrenta que la desestabiliza por completo. Entonces, ¿qué hace? Se fuga hacia más trabajo, más títulos, más responsabilidades imposibles. Necesita que el mundo le presente desafíos gigantescos para demostrarse que puede con todo, ocultando así la fragilidad que siente por dentro.
3. Cuando el cuerpo dice "basta"
¿Qué pasa cuando no sabemos ponernos límites? Que el cuerpo, tarde o temprano, explota, se daña, se rompe.
Lo vemos a menudo en personas como Manuel, que desde niño aprendió que el valor de una persona reside en su capacidad de esfuerzo. Manuel tiene una inversión masiva en el trabajo y muy poca flexibilidad para el placer. Como no supo decir "no" a las exigencias ni a los clientes, su cuerpo terminó hablando por él: operaciones, dolores crónicos, lesiones que no curan. El síntoma físico es, en realidad, un grito de auxilio. Es la rodilla o la espalda la que tiene que decir "basta" porque la cabeza no se lo permitió.
4. ¿Cómo salimos de la rueda?
Para quienes viven así, la propia idea de frenar les produce horror. Es un miedo desplazado: no le tienen miedo al descanso, sino al vacío que aparece cuando dejan de correr. Por eso, cuando intentan parar, les asaltan pensamientos catastróficos o fobias inexplicables.
La solución no es simplemente "no hacer nada" de golpe, porque eso puede ser traumático. La estrategia debe ser gradual:
El día de hacer nada: Aprender a tener momentos de inactividad total, pero con preparación previa. No es un vacío, es un espacio para uno mismo.
Recuperar la dignidad del placer: Hay que ayudar a estas personas a encontrar actividades que no sean "tareas" ni tengan un objetivo productivo. Disfrutar por disfrutar.
Aceptar la "arruga, la mancha, el error”: Entender que no todo es posible, que la perfección no existe y que la vulnerabilidad no es una debilidad, sino una parte esencial de ser humano.
En definitiva, la fuga hacia adelante es una maniobra de supervivencia de alguien que se siente desprotegido. El camino de vuelta pasa por tratarse con un poco más de ternura, con cuidado, y no siempre desde el lado del látigo y la exigencia. Aprender, en definitiva, que somos seres humanos, no máquinas de producción.
09/04/2026