La familia normal en terapia (Por Milagros Psicología)
Cuando se le pregunta a un paciente acerca de su familia, las respuestas suelen variar, pero hay una que se repite con insistencia: “mi familia es normal”, “tradicional”, “todo bien”.
Ese “todo bien”, con su aparte punto final en un ahogo de aire, no hace más que abrir un camino suspensivo. Una pausa cargada de sentido. Un umbral desde donde comienzan a asomarse los primeros intentos de nombrar el malestar subjetivo.
No es casual.
En psicología, esto puede pensarse como una forma de resistencia: un mecanismo defensivo que nos cuida, que nos protege de acercarnos demasiado rápido a aquello que despierta ansiedades, miedos y angustias primarias. No se trata de mentirnos, sino de resguardar algo que todavía no puede decirse del todo.
También aparecen relatos de infancias idílicas, donde todo parecía haber estado bien, donde el amor, la atención o la presencia de los cuidadores no presentan fisuras. Pero incluso allí, en ese paisaje aparentemente perfecto, erosionan los silencios, los matices y las palabras no dichas.
Porque lo humano está atravesado por la falta.
Y la falta no es un error: es condición.
Las experiencias tempranas nunca son completas, nunca alcanzan del todo. Y lejos de ser un problema, es precisamente allí donde se abre la posibilidad de desear, de construir, de devenir.
Identificar estas marcas, esas pequeñas heridas vitales, no implica quedarse en el pasado, sino poder ubicarse en él de otro modo. Comprenderlas, alojarlas, y desde allí, comenzar a trabajar en un cambio de posición subjetiva.
Porque tal vez la familia “normal” no sea aquella donde todo estuvo bien,
sino aquella que, en el espacio terapéutico, puede empezar a ser des-dicha.
24/03/2026