Cuando la desconfianza aparece en la pareja, no siempre se ve de forma clara. A veces se expresa en la necesidad de controlar, en la dificultad para creer en el otro, en la sospecha constante o en esa sensación de que, en cualquier momento, algo puede salir mal.
No es lo mismo no confiar todavía que esperar activamente a que me dañen.
Hablar de confianza parece fácil, hasta que una intenta realmente ponerlo en palabras. ¿Qué es confiar en alguien? ¿Qué tuvo que pasar para que llegaras a sentir confianza en tu pareja, en una amistad o en alguien importante para ti?
Hay algo de esta pregunta que me resulta especialmente interesante, y es que solemos hablar de construir confianza. Y construir siempre necesita una base. No es lo mismo empezar sobre un terreno firme que sobre uno desprolijo, con desniveles, maleza o cosas que primero hay que sacar para poder empezar.
Con los vínculos pasa algo parecido. No todas las personas partimos del mismo lugar cuando conocemos a alguien, cuando nos enamoramos o cuando empezamos a abrirnos de verdad.
Desde la psicología, esto puede pensarse a partir de tres conceptos: trust, mistrust y distrust. Más allá de los términos en inglés, lo importante es que ayudan a nombrar algo muy concreto: desde qué lugar emocional nos acercamos a los demás.
La confianza (trust) implica poder aceptar cierta vulnerabilidad. Es reconocer que la otra persona podría decepcionarnos, lastimarnos o fallarnos en algún momento y, aun así, elegir abrirnos al vínculo. No desde la ingenuidad, sino desde la seguridad que esa persona nos transmite, desde cierta coherencia, cierta tranquilidad y cierta sensación de que ahí hay algo que puede sostenerse.
Pero no todas las personas partimos desde ese lugar. A veces, por nuestra historia, por experiencias anteriores o por cómo aprendimos a protegernos, empezamos los vínculos desde el recelo (mistrust). Ahí suele haber cautela, observación y una especie de reserva. Algo parecido a pensar: “No sé todavía si puedo confiar en ti. Mejor espero un poco y veo.”
Y eso no necesariamente está mal. De hecho, muchas veces puede ser una forma bastante sana de autocuidado.
En ocasiones, esa cautela no se queda solo en prudencia. Puede volverse algo más marcado, más rígido. Ahí entramos en la desconfianza (distrust). En ese caso, la persona ya no solo duda o va con cuidado: se acerca al vínculo esperando, en algún nivel, que la lastimen, que la engañen o que la terminen perjudicando. Ya no solo le cuesta confiar. Más bien, se vincula anticipando daño.
Vincularse también implica cuidar la vulnerabilidad del otro. No es lo mismo alguien que confía, alguien que todavía no está convencido o alguien que ya está esperando ser lastimado.
Aunque desde afuera a veces todo pueda parecer simplemente “desconfianza”, por dentro no se vive igual. La base desde la que nos vinculamos influye muchísimo en cómo interpretamos lo que hace el otro, en cuánto riesgo emocional toleramos y en qué necesitamos para acercarnos.
Llevémoslo a un ejemplo de una situación muy cotidiana: una persona que estamos conociendo tarda muchas horas en responder un mensaje.
Si me vinculo desde la confianza, probablemente piense algo como:
“Debe estar ocupado, ya responderá.”
Si me vinculo desde el recelo, podría aparecer algo más parecido a:
“Mmm… no sé. Algo raro hay. Voy a ver si esto se repite.”
Si me vinculo desde la desconfianza, es mucho más probable que aparezca algo como:
“Ya está, me está ignorando” o “seguro me está mintiendo.”
El hecho es exactamente el mismo. Lo que cambia es la base desde la que cada persona lo lee. Y eso cambia la reacción, el tono emocional, la forma de responder y, muchas veces, también el futuro del vínculo.
En un caso puede haber paciencia, margen e incluso capacidad de empatizar con lo que al otro le pueda estar pasando. En otro, lo que aparece es enojo, distancia, cierre o una necesidad inmediata de protegerse.
Por eso esta diferencia importa tanto. Porque muchas veces no reaccionamos solo a lo que pasó, sino también a desde qué lugar interno lo estamos interpretando.
No buscamos solo conexión. Buscamos también una conexión que se sienta segura.
En los vínculos afectivos no alcanza con sentir cercanía. También necesitamos sentir cuidado, previsibilidad y cierta seguridad emocional. Necesitamos sentir que con esa persona no vamos a tener que estar permanentemente a la defensiva.
Por eso, cuando la confianza se rompe, no siempre alcanza con querer seguir o con decir “te juro que no va a volver a pasar”. A veces, lo que se rompe no es solo la ilusión del vínculo, sino algo más profundo: la sensación de estar a salvo con el otro.
Y cuando eso pasa, no hay garantías de que la confianza se pueda recuperar. A veces sí, a veces no. Pero sí sabemos algo importante: no todas las heridas vinculares rompen la confianza de la misma manera, y eso influye mucho en la posibilidad de repararla.
En este punto, sirve diferenciar entre violaciones de competencia y violaciones de integridad.
Una violación de competencia ocurre cuando la persona no hizo bien las cosas, pero no necesariamente por mala intención. Puede haber fallado por falta de capacidad, de criterio, de habilidad o de recursos para responder de una manera confiable a lo que el vínculo necesitaba.
Una violación de integridad, en cambio, tiene que ver con no haber actuado de forma honesta, recta o coherente dentro de la relación. En esos casos, la pérdida de confianza no aparece tanto porque la persona “no supo”, sino porque se percibe que no cuidó al otro ni al vínculo como debía.
Y esto hace una diferencia enorme. Porque no genera lo mismo pensar “se equivocó y no supo hacerlo mejor” que pensar “sabía lo que hacía y aun así eligió actuar mal.”
En esa línea, Kim et al. (2004) encontraron que “trust was repaired more successfully when mistrusted parties apologized for violations concerning matters of competence but denied culpability for violations concerning matters of integrity” (p. 104) [la confianza se reparó con mayor éxito cuando las partes sobre las que recaía desconfianza se disculpaban por violaciones relativas a la competencia, pero negaban culpabilidad por violaciones relativas a la integridad; traducción propia].
Más allá de la formulación exacta, la idea de fondo es clara y muy útil: no toda ruptura de confianza significa lo mismo, y por eso no toda reparación sigue el mismo camino.
La confianza es algo valioso, delicado y profundamente humano. No aparece de un día para el otro. Se va construyendo de a poco, se fortalece con el tiempo y también puede dañarse, a veces de formas muy profundas.
Entender desde qué base nos vinculamos, desde la confianza, el recelo o la desconfianza, puede ayudarnos a comprender mejor nuestras reacciones, nuestras necesidades emocionales y la manera en que leemos a los demás.
Y cuando la confianza se rompe, no solo importa lo que pasó. Importa también qué fue exactamente lo que se quebró.
Vincularse también implica cuidar la vulnerabilidad del otro. Quizá una parte importante del amor y de los vínculos sanos tenga que ver con eso: con poder construir espacios en los que no haga falta estar siempre alerta para sentirse a salvo. Si crees que estás pasando por un momento de desconfianza hacia tu pareja no dudes en pedir cita con un psicólogo.
Referencias
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Kim, P. H., Ferrin, D. L., Cooper, C. D., & Dirks, K. T. (2004). Removing the shadow of suspicion: The effects of apology versus denial for repairing competence- versus integrity-based trust violations. Journal of Applied Psychology, 89(1), 104–118. https://doi.org/10.1037/0021-9010.89.1.104
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