Ya que has llegado a curiosear esta pestaña, te contaré un poquito más acerca de mi, pero esta vez a nivel personal.
La psicología es mi pasión, aunque he de decir que no lo fue siempre.
Durante la carrera y al terminarla, la visión que me llevé de la psicología era bastante patologizante y fragmentada. Pocas cosas encajaban entre sí y todo el mundo parecía tener problemas de salud mental, diagnósticos y síntomas que merecían mínimo, una intervención de 20 sesiones.
Sin embargo, tras descubrir ACT comencé a entender al ser humano desde otro prisma. Como un ser dinámico, que cambia y aprende, que vive y sufre. Y era esta parte, la del sufrimiento, la que merecía la atención de la psicología, ¿o no?
¿Y si el sufrimiento fuera algo necesario en nuestra vida? ¿y si el dolor nos ayudara a cambiar, a mejorar? ¿y si fuera tan inherente a nuestra condición como ser humano, que negarla, rechazarla, fuera el verdadero problema?
Cuanto más me formaba, cuanta más experiencia tenía, más preguntas me hacía, y más cerca creo estar de la respuesta. Jamás diré que la tenga, me reservo el derecho a cambiar de opinión.
Pero me quedo con una frase de uno de mis maestros que marca el objetivo de mis sesiones:
«Donde hay dolor, ahí hay algo que importa, hay algo valioso para la persona, y ahí es donde hay que poner el foco»
Dicho esto, la formación es importante, sin duda, es la base que sustenta todo trabajo. Sin embargo, no es lo único.
Para mi es importante la forma de abordar el tiempo que pasemos juntos de la manera que para ti sea más útil. Por tanto, valoro mucho en mis sesiones ser genuino, abordar aquello que traigas a sesión con naturalidad y con respetuoso cariño, adaptándome a tus ritmos y a tus espacios.
Por ello, en mi trabajo procuro crear este entorno seguro y confortable para poder abordar las distintas cuestiones que surjan, con calidez y humanidad.