La felicidad, esa palabra tan simple y tan enorme a la vez. Todos la queremos, todos la buscamos, y sin embargo… a menudo la sentimos escurridiza. Como si fuera un destino al que nunca terminamos de llegar. En medio de la vorágine del día a día, las responsabilidades y los desafíos personales, muchos nos preguntamos: “¿Qué significa realmente ser feliz? ¿Es posible? ¿Está en nuestras manos?”
Según el World Happiness Report 2024, sólo el 52% de los españoles se declaran realmente satisfechos con su vida. A nivel global, casi 1 de cada 3 personas asegura sentirse más estresada o ansiosa que hace cinco años, lo que revela una desconexión entre el progreso externo y el bienestar interno. ¿Qué está fallando? ¿Es que estamos buscando la felicidad en los lugares equivocados?
Cuando pensamos en la felicidad, es común imaginar momentos de alegría intensa: una risa compartida, un viaje inolvidable, el logro de un sueño. Pero la ciencia y la psicología han descubierto que la felicidad es mucho más que eso. No se trata solo de emociones puntuales, sino de un estado más profundo, más estable.
Podríamos decir que la felicidad es el resultado de un equilibrio entre tres factores:
Es decir, no se trata de estar eufórico todo el día, sino de sentir que, en general, estamos bien. Que lo que vivimos tiene coherencia con lo que valoramos. De ahí que dos personas con circunstancias similares puedan experimentar niveles muy diferentes de felicidad: no es solo lo que nos pasa, sino cómo lo interpretamos y cómo nos relacionamos con ello.
Uno de los mayores errores es confundir felicidad con euforia constante.Una de las preguntas más habituales cuando hablamos de bienestar emocional es: “¿y qué pasa con las hormonas?” ¿Es verdad que hay sustancias en nuestro cuerpo que “fabrican” la felicidad?
Sí… y no exactamente.
Nuestro cerebro produce diferentes neurotransmisores que influyen directamente en nuestro estado de ánimo. Entre ellos destacan:
La buena noticia es que podemos estimular estas sustancias con hábitos saludables: moverse, dormir bien, cuidar las relaciones, exponerse al sol, practicar gratitud, meditar o simplemente disfrutar de lo que sí funciona en nuestra vida. No es magia, es biología… aplicada con intención.
Aquí viene la parte incómoda: no. No es posible —ni deseable— estar feliz las veinticuatro horas del día.
La vida real incluye incertidumbre, pérdidas, frustraciones, miedos, tristeza… Todas esas emociones también son humanas, también tienen un sentido, y no por sentirlas “estamos mal”.
De hecho, uno de los mayores errores es confundir felicidad con euforia constante. Esa búsqueda obsesiva por “estar bien” todo el tiempo puede terminar generando justo lo contrario: ansiedad por no sentirnos como “creemos” que deberíamos sentirnos.
La clave está en entender que la felicidad es más parecida a una base estable que a un pico emocional. Es la capacidad de “volver a estar bien” después de los altibajos. Es ese suelo firme desde el que puedes mirar los problemas con perspectiva, sin que te arrastren. Y ese suelo se construye.
¿Cómo?
No se trata de evitar el malestar, sino de tener los recursos internos para atravesarlo sin perderte.
La felicidad no es un lugar al que llegas y te instalas para siempre. Es más bien una práctica cotidiana, una forma de estar en el mundo que se va construyendo con elecciones conscientes.
No puedes controlar todo lo que te ocurre, pero sí puedes trabajar en cómo te relacionas con lo que te ocurre. Puedes entrenar tu mente para estar más presente, más agradecido, más abierto. Puedes rodearte de personas que te nutren, cuidar tu cuerpo, respetar tus valores, encontrar un propósito. Y entonces, poco a poco, sin fórmulas mágicas pero con profundidad, la vida empieza a sentirse más habitable. Más tuya.
Porque, al final, la verdadera felicidad no es la ausencia de problemas, sino la presencia de recursos, sentido y serenidad interior.
Y eso, en gran parte, sí depende de ti. Si estás pasando por un momento complicado no dudes en pedir cita con un psicólogo.
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