¿Cuántas veces has cerrado el ordenador por la noche y no recuerdas bien qué has hecho durante el día? El teletrabajo prometía más libertad y menos desplazamientos. Y en parte lo ha cumplido. Pero también ha traído un cansancio distinto, difícil de señalar: ese agotamiento emocional que no viene de un esfuerzo físico, sino de estar todo el día “encendidos” sin saber cuándo apagarse.
Si terminas la jornada más agotado que cuando ibas a la oficina, no es que “no sepas organizarte”. Es un patrón muy común, y tiene explicación. Sigue leyendo, porque probablemente te vas a reconocer en más de un punto.
Cuando el hogar se convierte también en oficina, las fronteras se difuminan sin que nos demos cuenta. El ordenador se queda encendido después de la hora de salida, el móvil sigue avisando durante la cena, y la flexibilidad acaba pareciendo disponibilidad permanente.
La buena noticia: esto se entrena. Define un horario de inicio y fin, habilita un espacio dedicado solo al trabajo, cierra las apps laborales al terminar y comunica tus horarios de disponibilidad. Son señales que le mandas a tu cuerpo para que sepa cuándo toca parar de verdad.
Pero los límites de horario no lo explican todo. Hay algo más debajo, y es lo que viene ahora.
Antes de buscar soluciones, hazte una pregunta incómoda: ¿de verdad tienes tanto trabajo o eres tú quien no se permite parar? Hay quien trabaja muchas horas porque el puesto lo requiere. Hay quien lo hace porque, sin ver a nadie físicamente, siente que debe demostrar que es productivo. Y hay quien usa el trabajo para no parar a sentir el cansancio o la incertidumbre.
Esta última opción es más frecuente de lo que parece. Cuando el trabajo se convierte en la única estructura del día, la autoexigencia se dispara sin que nos demos cuenta de que el límite ya no lo pone la tarea, sino algo dentro de nosotros.
Las videollamadas prolongadas exigen un esfuerzo cognitivo distinto al de hablar en persona, en parte porque obligan a mantener contacto visual sostenido de forma poco natural. Más horas de pantalla significan más fatiga digital, o “Zoom fatigue”. Las videollamadas prolongadas exigen un esfuerzo cognitivo distinto al de hablar en persona, en parte porque obligan a mantener contacto visual sostenido de forma poco natural. Súmale la multitarea constante de estar en casa, con responsabilidades domésticas solapándose con las laborales.
¿Solución rápida? Pausas breves entre reuniones, menos notificaciones durante bloques concentrados, alternar tareas con y sin pantalla, y escuchar al cuerpo cuando avisa que toca parar.
Trabajar en un entorno conocido tiene ventajas reales. Pero cuando el espacio de descanso y el de trabajo son el mismo, el cuerpo pierde referencias para saber en qué modo está funcionando. Por eso cuesta tanto desconectar incluso ya en el sofá. Y aquí está una de las claves que casi nadie aplica bien.
Lo que ocurre en los minutos después de cerrar el ordenador pesa más de lo que crees. Sin un desplazamiento que marque el final del día, ese cierre hay que crearlo a propósito: moverte, estirar, salir a caminar o hacer ejercicio moderado. La actividad física suele ayudar a reducir la reactividad al estrés y a mejorar el estado de ánimo. El trabajo corporal o somático, centrado en las sensaciones físicas más que en pensar, puede ayudar a completar ese ciclo de activación que si no queda pendiente. Y evita encadenar el trabajo directamente con pantallas de ocio: el sistema nervioso sigue en el mismo nivel de estimulación.
La teoría polivagal, de Stephen Porges, explica que el sistema nervioso necesita señales claras de seguridad para salir de la alerta sostenida. Sin pausas claras, el cuerpo puede mantenerse activado durante horas, y eso agota. Crear rituales de transición, respirar de forma consciente, notar qué sientes antes de reaccionar a un mensaje incómodo y dormir bien son piezas clave que suman más de lo que parece.
Este patrón lo veo con frecuencia, y suelo explorarlo desde dos ángulos. Con el enfoque de partes, ayudo a identificar qué parte exigente o crítica puede haber detrás de no poder parar de trabajar, y qué intenta proteger al actuar así. Y con terapia somática, trabajo para ayudar a liberar tensión acumulada en el cuerpo que la reflexión sola no siempre resuelve.
No tiene por qué agotarte emocionalmente, pero pide atención a lo que antes gestionabas casi sin pensar: límites, autoexigencia, estímulos digitales y cómo cierras el día. Pequeños hábitos aquí pueden marcar una diferencia importante.
Si el malestar persiste, un psicólogo puede ayudarte a explorar qué hay detrás y qué herramientas se ajustan mejor a tu situación particular.
La publicación del presente artículo en el Sitio Web de Doctoralia se hace bajo autorización expresa por parte del autor. Todos los contenidos del sitio web se encuentran debidamente protegidos por la normativa de propiedad intelectual e industrial.
El Sitio Web de Doctoralia Internet S.L. no contiene consejos médicos. El contenido de esta página y de los textos, gráficos, imágenes y otro material han sido creados únicamente con propósitos informativos, y no para sustituir consejos, diagnósticos o tratamientos médicos. Ante cualquier duda con respecto a un problema médico consulta con un especialista.