Después de una discusión, una decepción o una pérdida, muchas personas tienen la sensación de estar enfadadas con todo. Nos molesta cualquier comentario, reaccionan con irritabilidad o sienten una tensión constante, y lo más común es no saber exactamente por qué.
Sin embargo, en muchas ocasiones, detrás de ese enfado existe una emoción diferente que está pasando más desapercibida: la tristeza.
Esto no significa que el enfado sea una emoción equivocada. Al contrario, ambas cumplen una función adaptativa. El problema aparece cuando nos resulta difícil identificar cuál de ellas está realmente necesitando nuestra atención.
Nuestro cerebro no solo intenta comprender lo que vivimos; también intenta protegernos. Cuando una experiencia resulta especialmente impactante, el sistema nervioso puede responder con emociones que nos ayudan a mantenernos en funcionamiento. El enfado suele ser una de ellas. Nos moviliza, nos impulsa a actuar y nos hace sentir con mayor sensación de control.
La tristeza, en cambio, nos conecta con la pérdida, la decepción, la vulnerabilidad y la necesidad de apoyo. Para muchas personas, permanecer en contacto con estas sensaciones resulta mucho más difícil. Por ello, no es extraño que, ante determinadas situaciones, el enfado aparezca primero y la tristeza quede en un segundo plano.
Las emociones y menos las desagradables, no suelen aparecer de manera aislada. Imaginemos una ruptura de pareja, una traición o una decepción importante. Podemos sentir tristeza por la pérdida del vínculo, miedo al futuro, decepción por lo ocurrido y, al mismo tiempo, enfado hacia la otra persona o incluso hacia nosotros mismos por todo lo ocurrido. El problema no es experimentar varias emociones a la vez, sino quedarnos únicamente con la más visible. En ocasiones, el enfado funciona como la punta del iceberg, mientras que debajo permanecen emociones mucho más dolorosas que todavía no hemos podido elaborar.
El objetivo no es eliminar emociones como el enfado o la tristeza, sino ayudar a que cada emoción pueda cumplir su función.Aquí entra la importancia de nuestra historia vital. Cuando determinadas vivencias no han podido procesarse adecuadamente, situaciones del presente pueden reactivar emociones antiguas con mucha intensidad.
Los mensajes aprendidos desde la infancia. Frases como ‘no llores’ o ‘tienes que ser fuerte’ pueden dificultar el contacto con la tristeza y favorecer que el malestar se exprese a través del enfado. El enfado suele convertirse en una forma de protegernos del dolor cuando la vulnerabilidad resulta demasiado difícil de sostener.
Antes de intentar controlar el enfado, puede ser útil preguntarte qué está intentando decirte.
Desde la terapia EMDR entendemos que, en ocasiones, nuestras reacciones emocionales actuales no dependen únicamente del presente. Una discusión, una crítica o una decepción pueden activar experiencias anteriores de rechazo, abandono, humillación o pérdida que permanecen almacenadas con una elevada carga emocional.
La terapia EMDR ayuda a procesar esas experiencias para que dejen de activarse con la misma intensidad. El objetivo no es eliminar emociones como el enfado o la tristeza, sino ayudar a que cada emoción pueda cumplir su función sin quedar condicionada por heridas del pasado.
No siempre es fácil distinguir entre tristeza y enfado, especialmente cuando ambas aparecen al mismo tiempo y con una intensidad muy elevada. Escuchar lo que sentimos con curiosidad sin intentar cambiarlo de inmediato nos permite comprender mejor nuestras necesidades y responder de una forma más ajustada a lo que realmente está ocurriendo. A veces, detrás del enfado no hay únicamente rabia. A veces hay una decepción, una pérdida o una necesidad de consuelo que todavía no ha encontrado espacio para ser escuchada. No dudes en pedir cita con un psicólogo si necesitas ayuda.
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