He desarrollado una especie de dependencia hacia la Inteligencia Artificial, en el sentido de consul
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He desarrollado una especie de dependencia hacia la Inteligencia Artificial, en el sentido de consultarle prácticamente todo: problemas personales, dudas del día a día e incluso pedirle ayuda para modificar textos que escribo. La verdad es que me parece una herramienta muy útil y me gusta mucho utilizarla, pero me pregunto hasta qué punto es normal acabar comentándole tantas cosas o apoyarse tanto en ella.
¿Puede convertirse en una forma de dependencia poco saludable? ¿Cómo se diferencia un uso intensivo pero normal de una relación más problemática con este tipo de herramientas?
¿Puede convertirse en una forma de dependencia poco saludable? ¿Cómo se diferencia un uso intensivo pero normal de una relación más problemática con este tipo de herramientas?
La diferencia suele estar más en la función que cumple y en el impacto que tiene en tu vida. Empieza a ser importante revisarlo cuando el uso sustituye de forma significativa espacios personales, relaciones humanas, toma de decisiones propia o estrategias internas de regulación emocional. También puede ser una señal de alerta si aparece malestar intenso al no poder usarla, necesidad constante de validación externa o dificultad para tolerar la incertidumbre sin consultar inmediatamente.
Más que pensar en “si es normal o no”, quizá puede ser útil preguntarte qué necesidades está cubriendo para ti esta herramienta y si sientes que amplía tu autonomía o, por el contrario, cada vez dependes más de ella para funcionar con tranquilidad. Mantener espacios de reflexión propia, vínculo humano y toma de decisiones personales suele ser un buen indicador de equilibrio.
Más que pensar en “si es normal o no”, quizá puede ser útil preguntarte qué necesidades está cubriendo para ti esta herramienta y si sientes que amplía tu autonomía o, por el contrario, cada vez dependes más de ella para funcionar con tranquilidad. Mantener espacios de reflexión propia, vínculo humano y toma de decisiones personales suele ser un buen indicador de equilibrio.
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Como ocurre con muchas adicciones, especialmente las comportamentales, no siempre lo importante es cuánto haces algo, sino qué función cumple en tu vida y qué está desplazando.
Una pregunta útil es: si no tuvieses acceso a eso durante un tiempo, ¿qué harías en su lugar? ¿Qué aparecería? ¿Aburrimiento, ansiedad, vacío, descanso, otras actividades, más contacto con gente?
Y también: ¿qué cosas estás dejando de lado para mantener esa conducta? ¿Qué coste tiene en tu vida, aunque sea pequeño o gradual?
A veces el problema no es la frecuencia en sí, sino cuando una conducta empieza a convertirse en la principal forma de regular emociones, evitar malestar o llenar espacios que necesitarían otras cosas.
Por ejemplo en este caso: si no pudieses recurrir a ello durante una temporada, ¿qué harías en su lugar? ¿Buscarías más contacto con otras personas, escribirías, descansarías, pensarías las cosas por tu cuenta… o aparecería mucha ansiedad, vacío o sensación de no saber cómo sostenerte?
También puede ayudar preguntarse qué aporta y qué coste tiene. ¿Te ayuda a comprenderte mejor y te acerca más a tu vida y a los demás, o poco a poco está sustituyendo vínculos, actividades o formas más amplias de afrontar el malestar?
Muchas conductas son útiles hasta que empiezan a estrechar demasiado la vida alrededor de ellas. Ahí suele estar más la diferencia entre uso y dependencia que en una cifra concreta de horas.
Espero haber sido de ayuda.
Un abrazo,
Laura
Una pregunta útil es: si no tuvieses acceso a eso durante un tiempo, ¿qué harías en su lugar? ¿Qué aparecería? ¿Aburrimiento, ansiedad, vacío, descanso, otras actividades, más contacto con gente?
Y también: ¿qué cosas estás dejando de lado para mantener esa conducta? ¿Qué coste tiene en tu vida, aunque sea pequeño o gradual?
A veces el problema no es la frecuencia en sí, sino cuando una conducta empieza a convertirse en la principal forma de regular emociones, evitar malestar o llenar espacios que necesitarían otras cosas.
Por ejemplo en este caso: si no pudieses recurrir a ello durante una temporada, ¿qué harías en su lugar? ¿Buscarías más contacto con otras personas, escribirías, descansarías, pensarías las cosas por tu cuenta… o aparecería mucha ansiedad, vacío o sensación de no saber cómo sostenerte?
También puede ayudar preguntarse qué aporta y qué coste tiene. ¿Te ayuda a comprenderte mejor y te acerca más a tu vida y a los demás, o poco a poco está sustituyendo vínculos, actividades o formas más amplias de afrontar el malestar?
Muchas conductas son útiles hasta que empiezan a estrechar demasiado la vida alrededor de ellas. Ahí suele estar más la diferencia entre uso y dependencia que en una cifra concreta de horas.
Espero haber sido de ayuda.
Un abrazo,
Laura
Es una pregunta muy interesante y cada vez más frecuente.
Utilizar mucho la Inteligencia Artificial no implica necesariamente que exista un problema. De hecho, muchas personas la usan como fuente de información, herramienta de organización, apoyo para redactar textos, ayuda para estudiar o incluso como una forma de ordenar sus pensamientos antes de tomar decisiones. En ese sentido, puede ser comparable a consultar libros, foros, buscadores o hablar con personas de confianza.
La cuestión no suele estar tanto en la cantidad de uso como en la función que cumple.
Por ejemplo, un uso intensivo pero saludable podría ser aquel en el que la IA te ayuda a pensar, pero sigues tomando tus propias decisiones; te aporta información, pero no sustituye tu criterio; te ayuda a redactar un mensaje, pero sigues siendo tú quien decide qué quiere comunicar.
En cambio, el uso puede empezar a ser más problemático cuando la herramienta deja de ser un apoyo y se convierte en algo que sientes que necesitas para funcionar. Algunas señales que podrían invitar a reflexionar son:
* Sentir ansiedad o inseguridad si no puedes consultarla.
* Necesitar confirmación constante antes de tomar decisiones cotidianas.
* Delegar cada vez más en ella aspectos que antes resolvías por ti mismo.
* Utilizarla principalmente para reducir malestar emocional de forma inmediata.
* Notar que disminuye la búsqueda de apoyo en personas reales o la confianza en tu propio criterio.
También puede ocurrir algo más sutil: que la IA se convierta en una forma de buscar certeza absoluta. Esto suele verse especialmente en personas con tendencia a la ansiedad, la rumiación o la necesidad de analizar mucho las situaciones. En esos casos, el problema no es la herramienta en sí, sino que puede alimentar una dinámica de comprobación continua: una duda lleva a una consulta, la respuesta genera otra pregunta, después aparece un matiz más y el ciclo continúa.
Una pregunta útil podría ser: “¿Qué pasaría si durante una semana no pudiera consultar la IA sobre mis problemas personales?”. Si la respuesta es algo parecido a “me molestaría porque me resulta útil”, probablemente estemos hablando de una herramienta que valoras. Si la respuesta es “me sentiría perdido, muy inseguro o incapaz de manejar ciertas situaciones”, quizá merezca la pena explorar qué necesidad está cubriendo exactamente.
Por otra parte, tampoco hay que patologizar algo solo porque sea nuevo. Muchas personas utilizan la IA para reflexionar sobre sí mismas, ordenar emociones o entender mejor determinadas situaciones, y eso no tiene por qué ser negativo. Lo importante es que siga siendo una herramienta al servicio de tu vida y no que tu vida empiece a organizarse alrededor de la herramienta.
Una buena señal de equilibrio es que puedas utilizarla mucho cuando te aporta valor, pero también tolerar no utilizarla, equivocarte por tu cuenta, tomar decisiones sin consultar y apoyarte en otras fuentes de información y en otras personas cuando sea necesario.
Si notas que la IA se ha convertido en una necesidad emocional difícil de regular o que está sustituyendo otras formas de afrontamiento, podría ser interesante explorarlo con más profundidad. Y si lo deseas, puedes pedirme cita online para valorarlo juntos.
Utilizar mucho la Inteligencia Artificial no implica necesariamente que exista un problema. De hecho, muchas personas la usan como fuente de información, herramienta de organización, apoyo para redactar textos, ayuda para estudiar o incluso como una forma de ordenar sus pensamientos antes de tomar decisiones. En ese sentido, puede ser comparable a consultar libros, foros, buscadores o hablar con personas de confianza.
La cuestión no suele estar tanto en la cantidad de uso como en la función que cumple.
Por ejemplo, un uso intensivo pero saludable podría ser aquel en el que la IA te ayuda a pensar, pero sigues tomando tus propias decisiones; te aporta información, pero no sustituye tu criterio; te ayuda a redactar un mensaje, pero sigues siendo tú quien decide qué quiere comunicar.
En cambio, el uso puede empezar a ser más problemático cuando la herramienta deja de ser un apoyo y se convierte en algo que sientes que necesitas para funcionar. Algunas señales que podrían invitar a reflexionar son:
* Sentir ansiedad o inseguridad si no puedes consultarla.
* Necesitar confirmación constante antes de tomar decisiones cotidianas.
* Delegar cada vez más en ella aspectos que antes resolvías por ti mismo.
* Utilizarla principalmente para reducir malestar emocional de forma inmediata.
* Notar que disminuye la búsqueda de apoyo en personas reales o la confianza en tu propio criterio.
También puede ocurrir algo más sutil: que la IA se convierta en una forma de buscar certeza absoluta. Esto suele verse especialmente en personas con tendencia a la ansiedad, la rumiación o la necesidad de analizar mucho las situaciones. En esos casos, el problema no es la herramienta en sí, sino que puede alimentar una dinámica de comprobación continua: una duda lleva a una consulta, la respuesta genera otra pregunta, después aparece un matiz más y el ciclo continúa.
Una pregunta útil podría ser: “¿Qué pasaría si durante una semana no pudiera consultar la IA sobre mis problemas personales?”. Si la respuesta es algo parecido a “me molestaría porque me resulta útil”, probablemente estemos hablando de una herramienta que valoras. Si la respuesta es “me sentiría perdido, muy inseguro o incapaz de manejar ciertas situaciones”, quizá merezca la pena explorar qué necesidad está cubriendo exactamente.
Por otra parte, tampoco hay que patologizar algo solo porque sea nuevo. Muchas personas utilizan la IA para reflexionar sobre sí mismas, ordenar emociones o entender mejor determinadas situaciones, y eso no tiene por qué ser negativo. Lo importante es que siga siendo una herramienta al servicio de tu vida y no que tu vida empiece a organizarse alrededor de la herramienta.
Una buena señal de equilibrio es que puedas utilizarla mucho cuando te aporta valor, pero también tolerar no utilizarla, equivocarte por tu cuenta, tomar decisiones sin consultar y apoyarte en otras fuentes de información y en otras personas cuando sea necesario.
Si notas que la IA se ha convertido en una necesidad emocional difícil de regular o que está sustituyendo otras formas de afrontamiento, podría ser interesante explorarlo con más profundidad. Y si lo deseas, puedes pedirme cita online para valorarlo juntos.
Hola, soy Jesús Seijas, psicólogo con 22 años de experiencia.
La Inteligencia Artificial puede ser una herramienta muy útil, pero también puede convertirse en un riesgo psicológico si empieza a ocupar el lugar que antes ocupaban tu criterio, tu reflexión, tus decisiones o tus vínculos reales.
El peligro no está en usar IA para corregir un texto, aclarar una duda o tener una orientación puntual. El peligro aparece cuando empiezas a consultarlo todo: qué pensar, qué responder, qué decidir, cómo interpretar una situación, si has actuado bien, si debes sentir una cosa u otra. Ahí la herramienta deja de ser un apoyo y empieza a funcionar como una prótesis psicológica.
El problema de fondo es la delegación progresiva del pensamiento.
Al principio parece cómodo: preguntas, recibes una respuesta ordenada y sientes alivio. Pero si repites ese patrón constantemente, puedes ir perdiendo tolerancia a la duda, capacidad de reflexión propia y confianza en tu criterio. En vez de pensar hasta llegar a una conclusión, saltas directamente a pedir una respuesta externa.
Eso puede reducir el pensamiento crítico. No porque la IA “te quite inteligencia”, sino porque tú puedes dejar de ejercitar ciertas funciones: analizar, comparar, decidir, sostener incertidumbre, equivocarte, revisar, aprender del proceso. Si cada decisión pasa por una consulta, tu mente puede acostumbrarse a no cerrar nada por sí misma.
A nivel psicológico, esto puede generar varias señales de alarma... ansiedad cuando no puedes consultar la IA, necesidad de pedir confirmación antes de decidir, dificultad para escribir, opinar o responder sin ayuda, sensación de que tu criterio ya no es suficiente, sustitución de conversaciones humanas por conversaciones con IA, uso de la IA para calmar cada emoción incómoda, dependencia de respuestas externas para sentir seguridad y la pérdida de espontaneidad mental.
La IA ofrece algo muy seductor, la disponibilidad inmediata, ausencia de juicio, rapidez, estructura y sensación de claridad. Para una persona con ansiedad, inseguridad, soledad, rumiación o miedo a equivocarse, eso puede enganchar mucho. No porque la herramienta sea mala en sí misma, sino porque encaja perfectamente con la necesidad de alivio inmediato.
El riesgo es que cada vez pienses menos desde ti y más a través de una respuesta generada fuera de ti.
Esto puede afectar incluso a la identidad. Si pides ayuda para cada texto, cada decisión, cada conflicto o cada emoción, puede llegar un momento en el que ya no sepas qué parte es tuya y qué parte has aprendido a delegar. La pregunta deja de ser “¿qué pienso?” y se convierte en “¿qué respuesta me dará la IA?”.
En salud mental, el riesgo es mayor. Una IA puede orientar, ordenar ideas o acompañar puntualmente, pero no sustituye un proceso terapéutico. No conoce tu historia real, no observa tu cuerpo, no detecta matices clínicos con la precisión de un profesional y puede reforzar creencias si la persona le pregunta de forma insistente desde la ansiedad, la obsesión o la necesidad de validación.
Por eso conviene usarla con límites. Una regla práctica sería: antes de consultar, piensa tú primero. Escribe tu respuesta, formula tu opinión o toma una decisión provisional. Después, si quieres, usa la IA para contrastar, mejorar o ampliar. Así la herramienta no reemplaza tu pensamiento, sino que dialoga con él.
También puede ayudarte establecer zonas libres de IA. Decisiones pequeñas del día a día, conversaciones personales importantes, escritura íntima o reflexiva, momentos de malestar emocional intenso, dudas que en realidad necesitan acción y no más análisis.
La IA debe ayudarte a pensar mejor, no a pensar menos.
Si notas que cada vez decides menos, dudas más, necesitas más confirmación y sientes que sin la herramienta pierdes seguridad, merece la pena revisar ese uso. No desde la culpa, sino desde la responsabilidad. La autonomía mental también se entrena, y se puede debilitar si siempre la sustituyes por respuestas externas.
La terapia psicológica puede ayudarte a:
• Detectar si el uso de IA se está convirtiendo en dependencia.
• Recuperar criterio propio y confianza en tus decisiones.
• Trabajar miedo a equivocarte, inseguridad y necesidad de validación.
• Reducir rumiación y búsqueda compulsiva de respuestas.
• Fortalecer pensamiento crítico y autonomía emocional.
• Usar la tecnología de forma más consciente, sin que sustituya tu vida interior ni tus vínculos reales.
Si necesitas ayuda, no dudes en decírmelo.
Un saludo.
Jesús Seijas, Psicoterapia Online y Presencial.
La Inteligencia Artificial puede ser una herramienta muy útil, pero también puede convertirse en un riesgo psicológico si empieza a ocupar el lugar que antes ocupaban tu criterio, tu reflexión, tus decisiones o tus vínculos reales.
El peligro no está en usar IA para corregir un texto, aclarar una duda o tener una orientación puntual. El peligro aparece cuando empiezas a consultarlo todo: qué pensar, qué responder, qué decidir, cómo interpretar una situación, si has actuado bien, si debes sentir una cosa u otra. Ahí la herramienta deja de ser un apoyo y empieza a funcionar como una prótesis psicológica.
El problema de fondo es la delegación progresiva del pensamiento.
Al principio parece cómodo: preguntas, recibes una respuesta ordenada y sientes alivio. Pero si repites ese patrón constantemente, puedes ir perdiendo tolerancia a la duda, capacidad de reflexión propia y confianza en tu criterio. En vez de pensar hasta llegar a una conclusión, saltas directamente a pedir una respuesta externa.
Eso puede reducir el pensamiento crítico. No porque la IA “te quite inteligencia”, sino porque tú puedes dejar de ejercitar ciertas funciones: analizar, comparar, decidir, sostener incertidumbre, equivocarte, revisar, aprender del proceso. Si cada decisión pasa por una consulta, tu mente puede acostumbrarse a no cerrar nada por sí misma.
A nivel psicológico, esto puede generar varias señales de alarma... ansiedad cuando no puedes consultar la IA, necesidad de pedir confirmación antes de decidir, dificultad para escribir, opinar o responder sin ayuda, sensación de que tu criterio ya no es suficiente, sustitución de conversaciones humanas por conversaciones con IA, uso de la IA para calmar cada emoción incómoda, dependencia de respuestas externas para sentir seguridad y la pérdida de espontaneidad mental.
La IA ofrece algo muy seductor, la disponibilidad inmediata, ausencia de juicio, rapidez, estructura y sensación de claridad. Para una persona con ansiedad, inseguridad, soledad, rumiación o miedo a equivocarse, eso puede enganchar mucho. No porque la herramienta sea mala en sí misma, sino porque encaja perfectamente con la necesidad de alivio inmediato.
El riesgo es que cada vez pienses menos desde ti y más a través de una respuesta generada fuera de ti.
Esto puede afectar incluso a la identidad. Si pides ayuda para cada texto, cada decisión, cada conflicto o cada emoción, puede llegar un momento en el que ya no sepas qué parte es tuya y qué parte has aprendido a delegar. La pregunta deja de ser “¿qué pienso?” y se convierte en “¿qué respuesta me dará la IA?”.
En salud mental, el riesgo es mayor. Una IA puede orientar, ordenar ideas o acompañar puntualmente, pero no sustituye un proceso terapéutico. No conoce tu historia real, no observa tu cuerpo, no detecta matices clínicos con la precisión de un profesional y puede reforzar creencias si la persona le pregunta de forma insistente desde la ansiedad, la obsesión o la necesidad de validación.
Por eso conviene usarla con límites. Una regla práctica sería: antes de consultar, piensa tú primero. Escribe tu respuesta, formula tu opinión o toma una decisión provisional. Después, si quieres, usa la IA para contrastar, mejorar o ampliar. Así la herramienta no reemplaza tu pensamiento, sino que dialoga con él.
También puede ayudarte establecer zonas libres de IA. Decisiones pequeñas del día a día, conversaciones personales importantes, escritura íntima o reflexiva, momentos de malestar emocional intenso, dudas que en realidad necesitan acción y no más análisis.
La IA debe ayudarte a pensar mejor, no a pensar menos.
Si notas que cada vez decides menos, dudas más, necesitas más confirmación y sientes que sin la herramienta pierdes seguridad, merece la pena revisar ese uso. No desde la culpa, sino desde la responsabilidad. La autonomía mental también se entrena, y se puede debilitar si siempre la sustituyes por respuestas externas.
La terapia psicológica puede ayudarte a:
• Detectar si el uso de IA se está convirtiendo en dependencia.
• Recuperar criterio propio y confianza en tus decisiones.
• Trabajar miedo a equivocarte, inseguridad y necesidad de validación.
• Reducir rumiación y búsqueda compulsiva de respuestas.
• Fortalecer pensamiento crítico y autonomía emocional.
• Usar la tecnología de forma más consciente, sin que sustituya tu vida interior ni tus vínculos reales.
Si necesitas ayuda, no dudes en decírmelo.
Un saludo.
Jesús Seijas, Psicoterapia Online y Presencial.
Usar la IA con frecuencia no es en sí mismo un problema. La clave no está en cuánto la usas sino en para qué y qué ocurre cuando no la tienes.
Un uso intensivo pero sano es aquel en el que la herramienta te ayuda a ordenar ideas o a resolver cosas prácticas, pero tú sigues siendo quien decide.
Se vuelve problemático cuando empiezas a evitar el malestar de no saber, cuando dejas de tolerar la incertidumbre sin consultarla, cuando necesitas validación externa para confiar en tus propios criterios o cuando sustituye conversaciones que deberías tener con otras personas.
¿Cuando la usas te estás escuchando a ti mismo o estás esquivando hacerlo?
Un uso intensivo pero sano es aquel en el que la herramienta te ayuda a ordenar ideas o a resolver cosas prácticas, pero tú sigues siendo quien decide.
Se vuelve problemático cuando empiezas a evitar el malestar de no saber, cuando dejas de tolerar la incertidumbre sin consultarla, cuando necesitas validación externa para confiar en tus propios criterios o cuando sustituye conversaciones que deberías tener con otras personas.
¿Cuando la usas te estás escuchando a ti mismo o estás esquivando hacerlo?
La inteligencia artificial es una herramienta que puede resultar muy útil para obtener información, organizar ideas, resolver dudas concretas o incluso ayudarte a redactar textos, por lo que utilizarla con frecuencia no significa necesariamente que exista un problema.
Sin embargo, sí puede volverse poco saludable cuando empieza a sustituir procesos que sería importante realizar por uno mismo o con otras personas. Por ejemplo, cuando se convierte en la principal fuente para tomar decisiones personales, gestionar emociones, buscar validación constante o afrontar dificultades importantes de la vida.
También es importante recordar que una inteligencia artificial no es una persona. No tiene experiencias propias, emociones, conciencia ni criterio clínico. Puede ofrecer información, reflexiones o sugerencias, pero no puede sustituir una terapia psicológica ni el trabajo personal que requiere comprender y resolver problemas emocionales complejos.
La diferencia entre un uso intensivo y una dependencia suele estar menos en la cantidad de uso y más en la función que cumple. Algunas preguntas que podrían ayudarte a reflexionar son: ¿Sientes ansiedad si no puedes consultarla? ¿Te cuesta tomar decisiones sin pedirle opinión? ¿Has dejado de apoyarte en personas de tu entorno o en profesionales para recurrir únicamente a ella? ¿Necesitas consultar constantemente para sentirte tranquilo?
Si la respuesta a varias de estas preguntas es sí, entonces podría ser interesante explorar qué necesidad emocional está cubriendo esta herramienta. A veces detrás de estas dependencias encontramos inseguridad, miedo a equivocarse, necesidad de certeza o dificultades para confiar en el propio criterio.
Por eso, más que centrarse únicamente en reducir el uso de la inteligencia artificial, creo que sería importante comprender qué está aportando psicológicamente en tu vida y por qué se ha vuelto tan necesaria. Ese trabajo suele hacerse muy bien en terapia, ayudando a desarrollar más confianza en uno mismo y una relación más equilibrada con este tipo de herramientas.
Si en algún momento decides explorar todo esto en profundidad, estaré encantada de acompañarte en el proceso.
Un abrazo.
Sin embargo, sí puede volverse poco saludable cuando empieza a sustituir procesos que sería importante realizar por uno mismo o con otras personas. Por ejemplo, cuando se convierte en la principal fuente para tomar decisiones personales, gestionar emociones, buscar validación constante o afrontar dificultades importantes de la vida.
También es importante recordar que una inteligencia artificial no es una persona. No tiene experiencias propias, emociones, conciencia ni criterio clínico. Puede ofrecer información, reflexiones o sugerencias, pero no puede sustituir una terapia psicológica ni el trabajo personal que requiere comprender y resolver problemas emocionales complejos.
La diferencia entre un uso intensivo y una dependencia suele estar menos en la cantidad de uso y más en la función que cumple. Algunas preguntas que podrían ayudarte a reflexionar son: ¿Sientes ansiedad si no puedes consultarla? ¿Te cuesta tomar decisiones sin pedirle opinión? ¿Has dejado de apoyarte en personas de tu entorno o en profesionales para recurrir únicamente a ella? ¿Necesitas consultar constantemente para sentirte tranquilo?
Si la respuesta a varias de estas preguntas es sí, entonces podría ser interesante explorar qué necesidad emocional está cubriendo esta herramienta. A veces detrás de estas dependencias encontramos inseguridad, miedo a equivocarse, necesidad de certeza o dificultades para confiar en el propio criterio.
Por eso, más que centrarse únicamente en reducir el uso de la inteligencia artificial, creo que sería importante comprender qué está aportando psicológicamente en tu vida y por qué se ha vuelto tan necesaria. Ese trabajo suele hacerse muy bien en terapia, ayudando a desarrollar más confianza en uno mismo y una relación más equilibrada con este tipo de herramientas.
Si en algún momento decides explorar todo esto en profundidad, estaré encantada de acompañarte en el proceso.
Un abrazo.
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