Hay un aspecto de mí mismo que me genera bastante frustración y me gustaría conocer una perspectiva
4
respuestas
Hay un aspecto de mí mismo que me genera bastante frustración y me gustaría conocer una perspectiva psicológica sobre ello.
Con frecuencia siento que, cuando alguien me trata mal, me falta al respeto o sobrepasa ciertos límites, no reacciono de una forma que me proteja o prevenga que la situación vuelva a repetirse. A veces no expreso mi malestar en el momento, no pongo límites claros o sigo relacionándome con personas que me han hecho daño, incluso cuando pienso que determinadas conductas no deberían haberse producido.
Por ejemplo, recuerdo una ocasión en la que pedí ayuda a un empleado de un supermercado después de haber tenido un problema con otro cliente y percibí que me respondió de forma poco adecuada. Sin embargo, no le dije que me había molestado su forma de hablar, no pedí hablar con un responsable ni presenté ninguna queja. Situaciones similares me han ocurrido en otros contextos.
Lo que me llama la atención es que, cuando pienso en ello después, siento que otras personas habrían actuado de forma más firme o habrían tomado medidas para evitar que algo parecido volviera a ocurrir. En cambio, yo suelo quedarme bloqueado, minimizar lo ocurrido o continuar la relación como si nada hubiera pasado.
¿Puede haber factores psicológicos que expliquen esta dificultad para reaccionar o protegerse en determinadas situaciones? ¿Está relacionado con la asertividad, el miedo al conflicto, la necesidad de aprobación o podrían existir otras explicaciones? Y, sobre todo, ¿cómo puede trabajarse para aprender a poner límites de una forma más efectiva?
Con frecuencia siento que, cuando alguien me trata mal, me falta al respeto o sobrepasa ciertos límites, no reacciono de una forma que me proteja o prevenga que la situación vuelva a repetirse. A veces no expreso mi malestar en el momento, no pongo límites claros o sigo relacionándome con personas que me han hecho daño, incluso cuando pienso que determinadas conductas no deberían haberse producido.
Por ejemplo, recuerdo una ocasión en la que pedí ayuda a un empleado de un supermercado después de haber tenido un problema con otro cliente y percibí que me respondió de forma poco adecuada. Sin embargo, no le dije que me había molestado su forma de hablar, no pedí hablar con un responsable ni presenté ninguna queja. Situaciones similares me han ocurrido en otros contextos.
Lo que me llama la atención es que, cuando pienso en ello después, siento que otras personas habrían actuado de forma más firme o habrían tomado medidas para evitar que algo parecido volviera a ocurrir. En cambio, yo suelo quedarme bloqueado, minimizar lo ocurrido o continuar la relación como si nada hubiera pasado.
¿Puede haber factores psicológicos que expliquen esta dificultad para reaccionar o protegerse en determinadas situaciones? ¿Está relacionado con la asertividad, el miedo al conflicto, la necesidad de aprobación o podrían existir otras explicaciones? Y, sobre todo, ¿cómo puede trabajarse para aprender a poner límites de una forma más efectiva?
Hola, soy Jesús Seijas, psicólogo con 22 años de experiencia.
Lo que describes puede tener mucho que ver con la asertividad, pero no solo con eso. Cuando una persona no reacciona ante una falta de respeto, no siempre es porque “no sepa qué decir”. Muchas veces el problema está en lo que se activa internamente en ese momento: bloqueo, miedo al conflicto, duda sobre la propia percepción, necesidad de agradar, temor a parecer exagerado o sensación de no tener derecho a incomodar al otro.
En esas situaciones, el cuerpo puede entrar en una respuesta de congelación. No huyes, no atacas, no pones un límite claro. Te quedas parado, intentas que pase rápido, minimizas o actúas como si no hubiera sido tan importante. Después, cuando ya estás fuera de la situación, aparece la claridad: “tenía que haber dicho algo”, “debí pedir hablar con un responsable”, “no tendría que haberlo dejado pasar”.
Eso no significa que seas débil. Significa que en caliente tu sistema nervioso prioriza evitar una escalada, y en frío tu mente revisa lo ocurrido con más recursos.
También puede haber una historia aprendida. Si durante años has vivido experiencias donde expresar malestar generaba rechazo, burla, castigo, indiferencia o más conflicto, es comprensible que una parte de ti haya aprendido a callar para protegerse. El problema es que esa protección, con el tiempo, puede dejarte demasiado expuesto.
Hay varias razones por las que una persona puede tener dificultades para defenderse, miedo a que el otro se enfade más; duda sobre si tiene derecho a quejarse; tendencia a pensar “quizá no fue para tanto”; dificultad para identificar el límite en el momento; necesidad de mantener una buena imagen; miedo a parecer conflictivo; experiencias previas de invalidación o acoso; baja confianza en la propia respuesta; hábito de adaptarse antes que confrontar.
La clave terapéutica no sería convertirte en alguien agresivo ni reactivo. Ser firme no significa pelear. Significa poder protegerte sin perder el control.
Una forma práctica de empezar es preparar frases breves para situaciones comunes. Por ejemplo: “Prefiero que me hable de otra manera.” “Ese tono no me parece adecuado.” “No estoy de acuerdo con cómo me está respondiendo.” “Quiero hablar con un responsable, por favor.” “Voy a dejar aquí la conversación si continúa en este tono.” “Necesito que se respete lo que estoy planteando.”
Estas frases tienen que ser cortas porque, cuando hay activación emocional, es difícil construir discursos largos. Cuanto más simple sea el límite, más fácil será usarlo.
También puede ayudarte trabajar por niveles. No todas las situaciones requieren la misma respuesta. A veces basta con una frase. Otras veces conviene retirarse. Otras, pedir una hoja de reclamaciones, hablar con un responsable o cortar el contacto. El objetivo es que tengas opciones, no que respondas siempre igual.
Después de una situación incómoda, intenta no usar la revisión para machacarte. Puedes preguntarte: “¿qué habría sido una respuesta suficiente?”. No perfecta. Suficiente. Ese matiz es importante, porque muchas personas se bloquean más cuanto más se exigen reaccionar de manera impecable.
También conviene aprender a detectar antes la señal corporal: tensión, calor, nudo en el estómago, aceleración, ganas de desaparecer. Esa señal puede convertirse en una alarma útil: “aquí hay algo que me incomoda y necesito hacer una pausa antes de dejarlo pasar”.
La terapia psicológica puede ayudarte a:
• Trabajar asertividad y límites personales.
• Reducir bloqueo ante faltas de respeto o trato injusto.
• Manejar miedo al conflicto, culpa o necesidad de aprobación.
• Fortalecer seguridad para expresar malestar en el momento.
• Diferenciar prudencia de inhibición excesiva.
• Aprender a protegerte sin entrar en agresividad ni quedarte callado.
Si necesitas ayuda, no dudes en decírmelo.
Un saludo.
Jesús Seijas, Psicoterapia Online y Presencial.
Lo que describes puede tener mucho que ver con la asertividad, pero no solo con eso. Cuando una persona no reacciona ante una falta de respeto, no siempre es porque “no sepa qué decir”. Muchas veces el problema está en lo que se activa internamente en ese momento: bloqueo, miedo al conflicto, duda sobre la propia percepción, necesidad de agradar, temor a parecer exagerado o sensación de no tener derecho a incomodar al otro.
En esas situaciones, el cuerpo puede entrar en una respuesta de congelación. No huyes, no atacas, no pones un límite claro. Te quedas parado, intentas que pase rápido, minimizas o actúas como si no hubiera sido tan importante. Después, cuando ya estás fuera de la situación, aparece la claridad: “tenía que haber dicho algo”, “debí pedir hablar con un responsable”, “no tendría que haberlo dejado pasar”.
Eso no significa que seas débil. Significa que en caliente tu sistema nervioso prioriza evitar una escalada, y en frío tu mente revisa lo ocurrido con más recursos.
También puede haber una historia aprendida. Si durante años has vivido experiencias donde expresar malestar generaba rechazo, burla, castigo, indiferencia o más conflicto, es comprensible que una parte de ti haya aprendido a callar para protegerse. El problema es que esa protección, con el tiempo, puede dejarte demasiado expuesto.
Hay varias razones por las que una persona puede tener dificultades para defenderse, miedo a que el otro se enfade más; duda sobre si tiene derecho a quejarse; tendencia a pensar “quizá no fue para tanto”; dificultad para identificar el límite en el momento; necesidad de mantener una buena imagen; miedo a parecer conflictivo; experiencias previas de invalidación o acoso; baja confianza en la propia respuesta; hábito de adaptarse antes que confrontar.
La clave terapéutica no sería convertirte en alguien agresivo ni reactivo. Ser firme no significa pelear. Significa poder protegerte sin perder el control.
Una forma práctica de empezar es preparar frases breves para situaciones comunes. Por ejemplo: “Prefiero que me hable de otra manera.” “Ese tono no me parece adecuado.” “No estoy de acuerdo con cómo me está respondiendo.” “Quiero hablar con un responsable, por favor.” “Voy a dejar aquí la conversación si continúa en este tono.” “Necesito que se respete lo que estoy planteando.”
Estas frases tienen que ser cortas porque, cuando hay activación emocional, es difícil construir discursos largos. Cuanto más simple sea el límite, más fácil será usarlo.
También puede ayudarte trabajar por niveles. No todas las situaciones requieren la misma respuesta. A veces basta con una frase. Otras veces conviene retirarse. Otras, pedir una hoja de reclamaciones, hablar con un responsable o cortar el contacto. El objetivo es que tengas opciones, no que respondas siempre igual.
Después de una situación incómoda, intenta no usar la revisión para machacarte. Puedes preguntarte: “¿qué habría sido una respuesta suficiente?”. No perfecta. Suficiente. Ese matiz es importante, porque muchas personas se bloquean más cuanto más se exigen reaccionar de manera impecable.
También conviene aprender a detectar antes la señal corporal: tensión, calor, nudo en el estómago, aceleración, ganas de desaparecer. Esa señal puede convertirse en una alarma útil: “aquí hay algo que me incomoda y necesito hacer una pausa antes de dejarlo pasar”.
La terapia psicológica puede ayudarte a:
• Trabajar asertividad y límites personales.
• Reducir bloqueo ante faltas de respeto o trato injusto.
• Manejar miedo al conflicto, culpa o necesidad de aprobación.
• Fortalecer seguridad para expresar malestar en el momento.
• Diferenciar prudencia de inhibición excesiva.
• Aprender a protegerte sin entrar en agresividad ni quedarte callado.
Si necesitas ayuda, no dudes en decírmelo.
Un saludo.
Jesús Seijas, Psicoterapia Online y Presencial.
Consigue respuesta gracias a la consulta online
¿Necesitas el consejo de un especialista? Reserva una consulta online: recibirás todas las respuestas sin salir de casa.
Mostrar especialistas ¿Cómo funciona?
En primer lugar te agradezco por tu valentía a la hora de tomar la iniciativa y buscar una posible respuesta a tu malestar.
Sí, pueden existir distintos factores psicológicos que expliquen esta dificultad, y no necesariamente tiene que ver con “falta de carácter” o con no saber defenderse. Muchas veces, ante una situación vivida como invasiva, injusta o agresiva, la respuesta no es luchar, sino bloquearse, callar, minimizar o intentar que el conflicto pase rápido. Es una forma de protección, aunque después genere frustración.
Puede estar relacionado con la asertividad, sí, pero también con el miedo al conflicto, la necesidad de aprobación, la culpa, experiencias previas donde expresar enojo no fue bien recibido, o con haber aprendido a priorizar la tranquilidad del otro por encima del propio malestar. A veces la persona no registra en el momento lo que siente, sino después, cuando ya está sola y puede pensar: “tendría que haber dicho algo”.
Desde una perspectiva psicológica, lo importante no es juzgar la reacción, sino preguntarse qué se pone en juego ahí: ¿qué temo que pase si marco un límite?, ¿siento que exagero?, ¿me cuesta autorizar mi enojo?, ¿me preocupa quedar como una persona conflictiva?, ¿me resulta difícil reconocer que algo me dolió?
Trabajarlo implica, por un lado, fortalecer recursos concretos de comunicación: aprender a decir frases simples como “esto me incomoda”, “prefiero que me hables de otra manera”, “no estoy de acuerdo” o “necesito pensarlo antes de responder”. Pero también implica comprender de dónde viene esa dificultad para defender el propio lugar.
Poner límites no significa responder de forma agresiva ni entrar en confrontación permanente. Significa poder reconocer el propio malestar y darle un valor. En terapia se puede trabajar justamente eso: identificar las situaciones que activan el bloqueo, registrar las señales corporales y emocionales, revisar patrones vinculares repetidos y construir formas más cuidadas, firmes y propias de responder. El objetivo no es convertirse en alguien duro, sino en alguien que pueda cuidarse sin sentirse culpable por hacerlo.
Sí, pueden existir distintos factores psicológicos que expliquen esta dificultad, y no necesariamente tiene que ver con “falta de carácter” o con no saber defenderse. Muchas veces, ante una situación vivida como invasiva, injusta o agresiva, la respuesta no es luchar, sino bloquearse, callar, minimizar o intentar que el conflicto pase rápido. Es una forma de protección, aunque después genere frustración.
Puede estar relacionado con la asertividad, sí, pero también con el miedo al conflicto, la necesidad de aprobación, la culpa, experiencias previas donde expresar enojo no fue bien recibido, o con haber aprendido a priorizar la tranquilidad del otro por encima del propio malestar. A veces la persona no registra en el momento lo que siente, sino después, cuando ya está sola y puede pensar: “tendría que haber dicho algo”.
Desde una perspectiva psicológica, lo importante no es juzgar la reacción, sino preguntarse qué se pone en juego ahí: ¿qué temo que pase si marco un límite?, ¿siento que exagero?, ¿me cuesta autorizar mi enojo?, ¿me preocupa quedar como una persona conflictiva?, ¿me resulta difícil reconocer que algo me dolió?
Trabajarlo implica, por un lado, fortalecer recursos concretos de comunicación: aprender a decir frases simples como “esto me incomoda”, “prefiero que me hables de otra manera”, “no estoy de acuerdo” o “necesito pensarlo antes de responder”. Pero también implica comprender de dónde viene esa dificultad para defender el propio lugar.
Poner límites no significa responder de forma agresiva ni entrar en confrontación permanente. Significa poder reconocer el propio malestar y darle un valor. En terapia se puede trabajar justamente eso: identificar las situaciones que activan el bloqueo, registrar las señales corporales y emocionales, revisar patrones vinculares repetidos y construir formas más cuidadas, firmes y propias de responder. El objetivo no es convertirse en alguien duro, sino en alguien que pueda cuidarse sin sentirse culpable por hacerlo.
Hola, gracias por compartirlo con tanta claridad.
Sí, pueden existir factores psicológicos que expliquen esa dificultad para reaccionar o protegerte en el momento. A veces no se trata de “falta de carácter”, sino de respuestas aprendidas: bloquearse ante el conflicto, evitar incomodar, minimizar lo ocurrido, complacer, o quedarse en silencio para no aumentar la tensión.
También puede estar relacionado con experiencias previas donde poner límites no fue bien recibido, con miedo al rechazo, necesidad de aprobación, culpa, inseguridad o dificultad para registrar el propio enojo como una señal válida. Muchas personas se dan cuenta de lo que querían decir recién después, cuando el cuerpo ya salió de la situación de presión.
Me preguntaría: ¿qué sentís en el momento en que alguien te trata mal: miedo, vergüenza, culpa, confusión, tensión corporal?, ¿te pasa más con figuras de autoridad o con cualquier persona?, ¿sentís que defenderte te convierte en alguien “conflictivo” o “exagerado”?
Esto puede trabajarse en terapia. No solo desde la asertividad, sino también revisando qué te pasa internamente cuando necesitás ocupar tu lugar, poner un límite o sostener un “no”. En mi consulta acompaño procesos donde la persona necesita fortalecer su seguridad interna, aprender a responder sin bloquearse y dejar de sentirse culpable por cuidarse.
Si sentís que esta dificultad se repite y te deja con frustración o sensación de haberte fallado, podés solicitar un turno y lo trabajamos con calma.
Un saludo cálido. Poner límites no es atacar; muchas veces es aprender a protegerte.
Sí, pueden existir factores psicológicos que expliquen esa dificultad para reaccionar o protegerte en el momento. A veces no se trata de “falta de carácter”, sino de respuestas aprendidas: bloquearse ante el conflicto, evitar incomodar, minimizar lo ocurrido, complacer, o quedarse en silencio para no aumentar la tensión.
También puede estar relacionado con experiencias previas donde poner límites no fue bien recibido, con miedo al rechazo, necesidad de aprobación, culpa, inseguridad o dificultad para registrar el propio enojo como una señal válida. Muchas personas se dan cuenta de lo que querían decir recién después, cuando el cuerpo ya salió de la situación de presión.
Me preguntaría: ¿qué sentís en el momento en que alguien te trata mal: miedo, vergüenza, culpa, confusión, tensión corporal?, ¿te pasa más con figuras de autoridad o con cualquier persona?, ¿sentís que defenderte te convierte en alguien “conflictivo” o “exagerado”?
Esto puede trabajarse en terapia. No solo desde la asertividad, sino también revisando qué te pasa internamente cuando necesitás ocupar tu lugar, poner un límite o sostener un “no”. En mi consulta acompaño procesos donde la persona necesita fortalecer su seguridad interna, aprender a responder sin bloquearse y dejar de sentirse culpable por cuidarse.
Si sentís que esta dificultad se repite y te deja con frustración o sensación de haberte fallado, podés solicitar un turno y lo trabajamos con calma.
Un saludo cálido. Poner límites no es atacar; muchas veces es aprender a protegerte.
Gracias por una descripción tan detallada y honesta. Y respondo de entrada a su pregunta: sí, hay factores psicológicos que explican esto, y ninguno de ellos es un defecto de carácter.
Las tres hipótesis que usted mismo plantea suelen estar implicadas, a menudo juntas. El miedo al conflicto hace que el cuerpo lea la confrontación como una amenaza y opte por desactivarla cuanto antes —callar, minimizar, seguir como si nada—. La necesidad de aprobación añade el temor a que protestar le haga quedar como alguien "difícil" o desagradable. Y la asertividad, más que un rasgo que se tiene o no se tiene, es una habilidad: si uno no creció en un entorno donde se modelara y se permitiera, simplemente no se aprendió, igual que no se aprende un idioma al que no se está expuesto. No reaccionar no es entonces falta de valentía; es la ausencia de una herramienta que nunca le enseñaron a usar.
Pero quiero detenerme en algo que aparece en su relato y que pesa más de lo que parece: la comparación. Dice que otras personas "habrían actuado de forma más firme". Esa comparación retrospectiva es, en sí misma, una segunda capa de malestar que se añade al primero. Porque no solo no reaccionó en el momento —lo cual ya cuesta—, sino que después se juzga por no haber sido como imagina que serían otros. Y conviene desactivar eso, porque ese juicio no le ayuda a poner límites; al contrario, refuerza la idea de que usted es "alguien que no sabe", y esa etiqueta paraliza más todavía.
Hay además un detalle técnico que alivia: en el momento de la falta de respeto, lo que se activa es una respuesta automática —el bloqueo, el quedarse en blanco— que es más rápida que cualquier decisión consciente. Por eso "tendría que haber dicho algo" casi nunca funciona como reproche: en ese instante, biológicamente, no había acceso fácil a la respuesta firme. La buena noticia es que esa respuesta automática se puede reeducar, pero se reeduca con práctica y anticipación, no con autoexigencia en caliente.
En lo práctico, tres ideas para empezar. Primero, no exigirse reaccionar siempre en el momento: vale perfectamente volver después —"el otro día, cuando me hablaste así, no me sentó bien"—. El límite a destiempo sigue siendo un límite, y entrenarlo en diferido es más fácil. Segundo, empezar por situaciones de bajo coste, como la del supermercado, donde no hay un vínculo que perder; son el gimnasio ideal para practicar sin riesgo. Y tercero, separar el "no me protegí" del "soy alguien que no sabe protegerse": lo primero describe un momento, lo segundo es una etiqueta que conviene no creerse.
Esto se trabaja muy bien en terapia, precisamente porque el bloqueo suele tener raíces que merece la pena entender, y porque entrenar la asertividad con acompañamiento es mucho más efectivo —y menos solitario— que intentarlo solo a base de fuerza de voluntad. Si quiere abordarlo, mi agenda está abierta.
Las tres hipótesis que usted mismo plantea suelen estar implicadas, a menudo juntas. El miedo al conflicto hace que el cuerpo lea la confrontación como una amenaza y opte por desactivarla cuanto antes —callar, minimizar, seguir como si nada—. La necesidad de aprobación añade el temor a que protestar le haga quedar como alguien "difícil" o desagradable. Y la asertividad, más que un rasgo que se tiene o no se tiene, es una habilidad: si uno no creció en un entorno donde se modelara y se permitiera, simplemente no se aprendió, igual que no se aprende un idioma al que no se está expuesto. No reaccionar no es entonces falta de valentía; es la ausencia de una herramienta que nunca le enseñaron a usar.
Pero quiero detenerme en algo que aparece en su relato y que pesa más de lo que parece: la comparación. Dice que otras personas "habrían actuado de forma más firme". Esa comparación retrospectiva es, en sí misma, una segunda capa de malestar que se añade al primero. Porque no solo no reaccionó en el momento —lo cual ya cuesta—, sino que después se juzga por no haber sido como imagina que serían otros. Y conviene desactivar eso, porque ese juicio no le ayuda a poner límites; al contrario, refuerza la idea de que usted es "alguien que no sabe", y esa etiqueta paraliza más todavía.
Hay además un detalle técnico que alivia: en el momento de la falta de respeto, lo que se activa es una respuesta automática —el bloqueo, el quedarse en blanco— que es más rápida que cualquier decisión consciente. Por eso "tendría que haber dicho algo" casi nunca funciona como reproche: en ese instante, biológicamente, no había acceso fácil a la respuesta firme. La buena noticia es que esa respuesta automática se puede reeducar, pero se reeduca con práctica y anticipación, no con autoexigencia en caliente.
En lo práctico, tres ideas para empezar. Primero, no exigirse reaccionar siempre en el momento: vale perfectamente volver después —"el otro día, cuando me hablaste así, no me sentó bien"—. El límite a destiempo sigue siendo un límite, y entrenarlo en diferido es más fácil. Segundo, empezar por situaciones de bajo coste, como la del supermercado, donde no hay un vínculo que perder; son el gimnasio ideal para practicar sin riesgo. Y tercero, separar el "no me protegí" del "soy alguien que no sabe protegerse": lo primero describe un momento, lo segundo es una etiqueta que conviene no creerse.
Esto se trabaja muy bien en terapia, precisamente porque el bloqueo suele tener raíces que merece la pena entender, y porque entrenar la asertividad con acompañamiento es mucho más efectivo —y menos solitario— que intentarlo solo a base de fuerza de voluntad. Si quiere abordarlo, mi agenda está abierta.
Preguntas relacionadas
- Últimamente me he dado cuenta de que me afecta mucho cuando alguien me responde con frases como "no empieces". Suelo interpretarlo como algo despectivo o injusto, porque tengo la sensación de que no estoy haciendo nada malo y, sin embargo, la otra persona parece dar por hecho que voy a comportarme de…
- Últimamente estoy reflexionando sobre una creencia que he tenido desde hace muchos años y me gustaría conocer una perspectiva psicológica al respecto. Siempre he pensado que la edad otorga cierta autoridad o, al menos, que las personas más jóvenes deberían mostrar una consideración especial hacia…
- Hola, estuve tomando fluoxetina 20 mg por un año y medio por trastorno de ansiedad generalizada y me la suspendieron por unos 6 meses, aunque mi ansiedad no había desaparecido completamente, la intensidad de los ataques de pánico disminuyó muchísimo. Pero me encuentro en una etapa de estres por deudas…
- Me gustaría conocer una perspectiva psicológica sobre algo que me ocurre con frecuencia. A veces tengo la sensación de que otras personas gestionan los conflictos, los rechazos o los desacuerdos de forma más asertiva de lo que hacen conmigo. Por ejemplo, hace años congenié con una mujer en un foro…
- Buenos días, la Loratadina tomada por muchos años, causa glaucoma????
- Vortioxetina 20 mg cuando notaré la mejoría en la ansiedad y ataques de panico
- Buenos días. Llevo 6 meses con mi pareja y francamente al principio todo era de color de rosa. Todo iba bien hasta que, él empezó a estar un poco más apagado por sus agobios académicos y laborales y a mí se me despertó el monstruo de la inseguridad y el apego ansioso que me pasaba en cada relación. Empecé…
- En marzo me diagnosticaron toc y estoy tomando a dosis de 60mg/día paroxetina desde hace un mes. Desde hace una semana me ha venido depresión y no sé cómo abordarla Estoy con EPR y TCC para el TOC pero la tristeza y oscuridad mental no tiene un motivo claro viene por las mañanas y hasta que me acuesto…
- Mi hijo de tres años que está próximo a cumplir cuatro años trata de hacer frases pero siento que se está frustrando y la seño me ha dicho que es conveniente llevarlo al logoped
- Es seguro tomar tadafilo 5mg a los 66 años si tomo aspirina puedo tomar
¿No has encontrado la respuesta que necesitabas? ¡Envía tu pregunta!
¿Tu caso es similar? Estos profesionales pueden ayudarte:
Todos los contenidos publicados en Doctoralia, especialmente preguntas y respuestas, son de carácter informativo y en ningún caso deben considerarse un sustituto de un asesoramiento médico.