Me considero una persona poco agresiva y bastante reacia al conflicto. Desde pequeño me costaba defe
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Me considero una persona poco agresiva y bastante reacia al conflicto. Desde pequeño me costaba defenderme cuando otros niños se burlaban de mí o me ponían motes. Recuerdo que algunos compañeros llegaban a decir que yo era "inofensivo" porque rara vez respondía o me enfrentaba a ellos.
Curiosamente, cuando intentaba defenderme, responder con humor o devolver algún comentario, a menudo era yo quien terminaba quedando mal o generando conflicto, incluso sin pretenderlo. De adulto sigo percibiendo algo parecido: me cuesta ofender o actuar de forma hostil, pero a veces molesto a otras personas sin querer y me sorprende la intensidad de algunas reacciones.
Tengo la impresión de que una parte de esta forma de actuar se debe a mis valores y a mi deseo de ser una buena persona, pero otra parte puede estar relacionada con el miedo al conflicto, al rechazo o a las consecuencias de expresar enfado o poner límites.
Desde una perspectiva psicológica, ¿cómo se puede entender este patrón? ¿Cómo puede una persona aprender a defenderse y poner límites de forma más sana y asertiva sin sentir que está siendo agresiva o mala persona?
Curiosamente, cuando intentaba defenderme, responder con humor o devolver algún comentario, a menudo era yo quien terminaba quedando mal o generando conflicto, incluso sin pretenderlo. De adulto sigo percibiendo algo parecido: me cuesta ofender o actuar de forma hostil, pero a veces molesto a otras personas sin querer y me sorprende la intensidad de algunas reacciones.
Tengo la impresión de que una parte de esta forma de actuar se debe a mis valores y a mi deseo de ser una buena persona, pero otra parte puede estar relacionada con el miedo al conflicto, al rechazo o a las consecuencias de expresar enfado o poner límites.
Desde una perspectiva psicológica, ¿cómo se puede entender este patrón? ¿Cómo puede una persona aprender a defenderse y poner límites de forma más sana y asertiva sin sentir que está siendo agresiva o mala persona?
Lo que describes suele generar mucho sufrimiento porque la persona acaba atrapada entre dos necesidades legítimas: protegerse y, al mismo tiempo, no hacer daño a los demás. En ocasiones, este patrón no tiene que ver con una falta de carácter, sino con aprendizajes tempranos donde expresar enfado, defenderse o poner límites pudo asociarse a rechazo, conflicto o consecuencias desagradables.
Desde una perspectiva terapéutica, a veces observamos una cierta compartimentalización interna: una parte de la persona desea agradar, mantener la armonía y evitar problemas, mientras que otra necesita protegerse, expresar malestar y marcar límites. Cuando estas partes no están integradas, suele aparecer bloqueo, culpa o dificultad para responder de forma asertiva en el momento adecuado.
Por eso, además del trabajo en autoestima y habilidades de comunicación, resulta muy útil explorar de dónde procede ese miedo al conflicto y qué experiencias pudieron contribuir a desarrollarlo. Terapias como EMDR, junto con trabajo con partes, apego y regulación emocional, permiten abordar no solo el síntoma actual, sino también las raíces emocionales que lo mantienen.
Con acompañamiento psicológico es posible aprender a poner límites sin agresividad, diferenciando claramente entre ser una buena persona y renunciar a tus propias necesidades. Si lo deseas, estaré encantada de ayudarte a comprender este patrón y trabajar de forma profunda para que puedas relacionarte desde una mayor seguridad y autenticidad. Un saludo.
Desde una perspectiva terapéutica, a veces observamos una cierta compartimentalización interna: una parte de la persona desea agradar, mantener la armonía y evitar problemas, mientras que otra necesita protegerse, expresar malestar y marcar límites. Cuando estas partes no están integradas, suele aparecer bloqueo, culpa o dificultad para responder de forma asertiva en el momento adecuado.
Por eso, además del trabajo en autoestima y habilidades de comunicación, resulta muy útil explorar de dónde procede ese miedo al conflicto y qué experiencias pudieron contribuir a desarrollarlo. Terapias como EMDR, junto con trabajo con partes, apego y regulación emocional, permiten abordar no solo el síntoma actual, sino también las raíces emocionales que lo mantienen.
Con acompañamiento psicológico es posible aprender a poner límites sin agresividad, diferenciando claramente entre ser una buena persona y renunciar a tus propias necesidades. Si lo deseas, estaré encantada de ayudarte a comprender este patrón y trabajar de forma profunda para que puedas relacionarte desde una mayor seguridad y autenticidad. Un saludo.
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¡Hola! Muchas gracias por compartir tu inquietud. El conflicto no es solo algo que va a ocurrir sí o sí, sino también una oportunidad para renegociar la relación (por ejemplo, podemos tener un conflicto porque la persona A llama siempre de noche y la B necesita que esto pare a no ser que sea una urgencia). En un conflicto bien llevado se puede encontrar un acuerdo beneficioso para ambos. Esto es cierto también cuando el conflicto es un poco más agresivo (por ejemplo si un jefe está pidiendo horas de más a sabiendas y el trabajador tiene que poner un límite) al final se está negociando con lo que quiero del otro y lo que el otro puede perder por mi si no llegamos a un acuerdo. Hay cuatro formas de responder al conflicto, asertiva (soy directo y claro, por ejemplo: "Últimamente he estado cubriendo horas fuera de mi horario laboral y necesito que esto cambie"). Con la forma asertiva expreso literalmente lo que quiero de una manera educada. Luego está la agresiva (por ejemplo: "Te estás aprovechando de mí y te voy a denunciar" donde asumo que el otro tiene intenciones negativas y amenazo) en esta forma es muy probable que el otro entre a ponerse a la defensiva y por tanto entremos en un juego de poder dañino para ambas partes a no ser que alguien recule, poco recomendable. Por otra parte la pasiva (que por ejemplo es nunca diciendo nada por lo que nunca marco el límite que necesito) esta forma nos deja sin herramientas y sin capacidad de auto-defendernos o poner límites, es muy caro sólo quedarse aquí. Finalmente la pasivo-agresiva, en la cual abordo el conflicto de forma indirecta y agresiva (por ejemplo: "Bueno, para qué vas a contratar a nadie nuevo no? Si ya estoy yo que pringo siempre") el conflicto es explícito pero no la petición; esta es una forma que suele enfadar mucho al otro porque le hace estar vigilante a cuándo hablas de buenas y cuándo no.
Verás, por lo que cuentas, de pequeño aprendiste a reaccionar al conflicto o de forma pasiva (no respondiendo) o de forma indirecta (bromas) lo cual encajaría con la pasivo-agresiva.
Cómo reaccionamos al conflicto es una conducta por lo que se aprende como todas las demás, por modelado (observando y copiando inconscientemente) o por prueba y error (probando formas y viendo cuál es menos aversiva, todo esto de forma inconsciente). Tendríamos que revisar toda tu historia con el conflicto para entender por qué tu sistema se decantó por estas opciones, empezando por cómo discutían tus padres entre sí y cómo te hacían sentir tus padres cuando lo había entre vosotros. Una vez entendido probablemente podrás observar qué está en juego para ti en el conflicto que lo hace tan aversivo (temes el rechazo, el abandono...) y ahí habrá que sanar la herida emocional (si no has hecho terapia antes, es algo que es mejor hacer con psicólogo). Una vez esto esté abordado ya se puede aprender la nueva forma de abordar los conflictos -la asertiva-, de la misma manera que se aprendió la otra, con modelado (observando cómo otros son asertivos) y con prueba y error (acumulando experiencias de menos a más difíciles en las que tú lo seas).
Es interesante que mencionas el miedo a ser visto como alguien agresivo o mala persona, es una buena pista para descubrir tu herida. ¿Qué pasaría si fueras visto así? En tu fantasía temida está la respuesta a qué temes (por ejemplo el rechazo) y ahí puedes ver cuándo te ocurrió (aquella vez que...) y ahí sanarlo.
Que formules la pregunta así (cómo ser asertivo... Sin -que ocurra lo temido) es la razón por la que primero hay que sanar la herida, mientras tengas miedo de que alguien te vea como mala persona no te darás permiso de reaccionar al conflicto de otra manera. Espero que sea de ayuda y mucho ánimo!
Verás, por lo que cuentas, de pequeño aprendiste a reaccionar al conflicto o de forma pasiva (no respondiendo) o de forma indirecta (bromas) lo cual encajaría con la pasivo-agresiva.
Cómo reaccionamos al conflicto es una conducta por lo que se aprende como todas las demás, por modelado (observando y copiando inconscientemente) o por prueba y error (probando formas y viendo cuál es menos aversiva, todo esto de forma inconsciente). Tendríamos que revisar toda tu historia con el conflicto para entender por qué tu sistema se decantó por estas opciones, empezando por cómo discutían tus padres entre sí y cómo te hacían sentir tus padres cuando lo había entre vosotros. Una vez entendido probablemente podrás observar qué está en juego para ti en el conflicto que lo hace tan aversivo (temes el rechazo, el abandono...) y ahí habrá que sanar la herida emocional (si no has hecho terapia antes, es algo que es mejor hacer con psicólogo). Una vez esto esté abordado ya se puede aprender la nueva forma de abordar los conflictos -la asertiva-, de la misma manera que se aprendió la otra, con modelado (observando cómo otros son asertivos) y con prueba y error (acumulando experiencias de menos a más difíciles en las que tú lo seas).
Es interesante que mencionas el miedo a ser visto como alguien agresivo o mala persona, es una buena pista para descubrir tu herida. ¿Qué pasaría si fueras visto así? En tu fantasía temida está la respuesta a qué temes (por ejemplo el rechazo) y ahí puedes ver cuándo te ocurrió (aquella vez que...) y ahí sanarlo.
Que formules la pregunta así (cómo ser asertivo... Sin -que ocurra lo temido) es la razón por la que primero hay que sanar la herida, mientras tengas miedo de que alguien te vea como mala persona no te darás permiso de reaccionar al conflicto de otra manera. Espero que sea de ayuda y mucho ánimo!
Desde una perspectiva psicológica, lo que describes suele entenderse como una combinación de baja agresividad natural, una fuerte orientación prosocial y cierta tendencia a evitar el conflicto interpersonal. Muchas personas que han crecido intentando ser amables, respetuosas o conciliadoras aprenden, a veces sin darse cuenta, a inhibir sus propias necesidades para evitar tensiones con los demás. El problema es que con el tiempo pueden llegar a confundir defenderse con ser agresivos, cuando en realidad son conductas muy distintas.
Una posible explicación es que durante la infancia aprendieras que responder o defenderte tenía consecuencias negativas. En ocasiones, cuando un niño intenta reaccionar ante burlas o comentarios desagradables, acaba recibiendo más atención o reproches que quien inició la situación. Esto puede generar la asociación implícita de que defenderse crea problemas, mientras que callar o aguantar los evita. Aunque de adulto uno sepa racionalmente que poner límites es legítimo, emocionalmente puede seguir sintiendo incomodidad al hacerlo.
También parece relevante el papel de los valores personales. Cuando alguien se esfuerza mucho por ser una buena persona, puede desarrollar la creencia de que las personas buenas no enfadan, no decepcionan y no generan malestar en los demás. Sin embargo, eso es imposible. Cualquier persona con opiniones, necesidades y límites propios acabará frustrando a alguien en algún momento. La verdadera madurez interpersonal no consiste en agradar siempre, sino en aceptar que se puede ser amable y respetuoso al mismo tiempo que se dice "no" o se expresa desacuerdo.
Otro factor frecuente es la falta de práctica. Cuando una persona ha evitado el conflicto durante años, suele tener pocas oportunidades para entrenar habilidades asertivas. Por eso, cuando finalmente intenta defenderse, puede sentirse torpe, excesivamente contundente o poco natural. No porque sea agresiva, sino porque está utilizando una habilidad poco ejercitada. A veces incluso ocurre que la persona aguanta demasiado tiempo, acumula malestar y termina reaccionando con más intensidad de la que habría sido necesaria si hubiera expresado antes su incomodidad.
Respecto a la sensación de que algunas personas reaccionan de forma desproporcionada cuando intentas poner límites, también existe una explicación sencilla. Cuando alguien ha sido siempre complaciente, disponible o poco confrontativo, quienes le rodean se acostumbran a esa dinámica. El día que expresa una preferencia, un desacuerdo o una negativa, algunas personas pueden interpretarlo como un cambio brusco, aunque en realidad solo esté actuando de forma más equilibrada. En esos casos, la reacción del otro habla tanto o más de sus expectativas que de la conducta de quien pone el límite.
Para desarrollar una asertividad más sana suele ser útil dejar de preguntarse si uno está siendo amable y empezar a preguntarse si está siendo justo. La amabilidad excesiva puede acabar convirtiéndose en una forma de abandono de las propias necesidades. La justicia, en cambio, implica considerar tanto los derechos de los demás como los propios. Aprender a decir pequeñas negativas, expresar preferencias sencillas o utilizar frases como "lo pensaré", "prefiero otra opción" o "hoy no me va bien" puede ser un buen entrenamiento para comprobar que defender una necesidad propia no convierte automáticamente a nadie en una mala persona.
En el fondo, muchas personas con este perfil no necesitan aprender a ser más duras, sino a reconocer que sus necesidades tienen el mismo valor que las de los demás. La asertividad no consiste en imponerse, sino en ocupar el espacio interpersonal que legítimamente corresponde a cada uno sin invadir el de los demás.
Una posible explicación es que durante la infancia aprendieras que responder o defenderte tenía consecuencias negativas. En ocasiones, cuando un niño intenta reaccionar ante burlas o comentarios desagradables, acaba recibiendo más atención o reproches que quien inició la situación. Esto puede generar la asociación implícita de que defenderse crea problemas, mientras que callar o aguantar los evita. Aunque de adulto uno sepa racionalmente que poner límites es legítimo, emocionalmente puede seguir sintiendo incomodidad al hacerlo.
También parece relevante el papel de los valores personales. Cuando alguien se esfuerza mucho por ser una buena persona, puede desarrollar la creencia de que las personas buenas no enfadan, no decepcionan y no generan malestar en los demás. Sin embargo, eso es imposible. Cualquier persona con opiniones, necesidades y límites propios acabará frustrando a alguien en algún momento. La verdadera madurez interpersonal no consiste en agradar siempre, sino en aceptar que se puede ser amable y respetuoso al mismo tiempo que se dice "no" o se expresa desacuerdo.
Otro factor frecuente es la falta de práctica. Cuando una persona ha evitado el conflicto durante años, suele tener pocas oportunidades para entrenar habilidades asertivas. Por eso, cuando finalmente intenta defenderse, puede sentirse torpe, excesivamente contundente o poco natural. No porque sea agresiva, sino porque está utilizando una habilidad poco ejercitada. A veces incluso ocurre que la persona aguanta demasiado tiempo, acumula malestar y termina reaccionando con más intensidad de la que habría sido necesaria si hubiera expresado antes su incomodidad.
Respecto a la sensación de que algunas personas reaccionan de forma desproporcionada cuando intentas poner límites, también existe una explicación sencilla. Cuando alguien ha sido siempre complaciente, disponible o poco confrontativo, quienes le rodean se acostumbran a esa dinámica. El día que expresa una preferencia, un desacuerdo o una negativa, algunas personas pueden interpretarlo como un cambio brusco, aunque en realidad solo esté actuando de forma más equilibrada. En esos casos, la reacción del otro habla tanto o más de sus expectativas que de la conducta de quien pone el límite.
Para desarrollar una asertividad más sana suele ser útil dejar de preguntarse si uno está siendo amable y empezar a preguntarse si está siendo justo. La amabilidad excesiva puede acabar convirtiéndose en una forma de abandono de las propias necesidades. La justicia, en cambio, implica considerar tanto los derechos de los demás como los propios. Aprender a decir pequeñas negativas, expresar preferencias sencillas o utilizar frases como "lo pensaré", "prefiero otra opción" o "hoy no me va bien" puede ser un buen entrenamiento para comprobar que defender una necesidad propia no convierte automáticamente a nadie en una mala persona.
En el fondo, muchas personas con este perfil no necesitan aprender a ser más duras, sino a reconocer que sus necesidades tienen el mismo valor que las de los demás. La asertividad no consiste en imponerse, sino en ocupar el espacio interpersonal que legítimamente corresponde a cada uno sin invadir el de los demás.
Lo que describes es muy coherente y tiene mucho sentido visto desde la psicología. No habla de falta de carácter, sino de una forma de protegerte que aprendiste muy pronto: evitar el conflicto para no exponerte a la burla, al rechazo o a consecuencias que de niño sentías como muy amenazantes.
Con el tiempo, ese patrón se refuerza: te esfuerzas en ser respetuoso, “buena persona”, poco agresivo… pero al mismo tiempo te cuesta marcar límites y a veces, cuando lo intentas, sientes que todo se descoloca o que acabas siendo “el malo” sin querer. Eso suele generar mucha confusión: “si casi nunca me enfrento, ¿cómo es que a veces los demás reaccionan tan mal?”.
Trabajar esto pasa por varias capas:
- Distinguir enfado de agresividad: puedes enfadarte y defenderte sin atacar ni humillar.
- Revisar las experiencias tempranas donde aprendiste que responder tenía un coste alto.
- Entrenar formas de hablar claras y directas, pero calmadas, que te permitan poner límites sin perder tu autoimagen de persona respetuosa.
En terapia podemos ir viendo escenas concretas, entender qué se te activa ahí y ensayar respuestas alternativas que se ajusten a tus valores sin dejarte desprotegido. Si quieres, podemos trabajarlo juntos en consulta y adaptar el proceso a tu ritmo y tu historia.
Con el tiempo, ese patrón se refuerza: te esfuerzas en ser respetuoso, “buena persona”, poco agresivo… pero al mismo tiempo te cuesta marcar límites y a veces, cuando lo intentas, sientes que todo se descoloca o que acabas siendo “el malo” sin querer. Eso suele generar mucha confusión: “si casi nunca me enfrento, ¿cómo es que a veces los demás reaccionan tan mal?”.
Trabajar esto pasa por varias capas:
- Distinguir enfado de agresividad: puedes enfadarte y defenderte sin atacar ni humillar.
- Revisar las experiencias tempranas donde aprendiste que responder tenía un coste alto.
- Entrenar formas de hablar claras y directas, pero calmadas, que te permitan poner límites sin perder tu autoimagen de persona respetuosa.
En terapia podemos ir viendo escenas concretas, entender qué se te activa ahí y ensayar respuestas alternativas que se ajusten a tus valores sin dejarte desprotegido. Si quieres, podemos trabajarlo juntos en consulta y adaptar el proceso a tu ritmo y tu historia.
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