Me ha llamado la atención una reacción que tengo hacia una figura pública (Enrique Riquelme, candida
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Me ha llamado la atención una reacción que tengo hacia una figura pública (Enrique Riquelme, candidato a la presidencia del Real Madrid).
Al observarlo, me surge la sensación de admiración mezclada con envidia sana. Tiendo a compararme con él y a verlo como una especie de “versión ideal” de lo que me habría gustado ser: una persona más madura, segura, asertiva, con estabilidad en la vida personal y con una trayectoria vital más construida.
Esto me lleva a pensar que yo, aunque no tenga mucha diferencia de edad, me percibo como más inmaduro, con dificultades para hacerme respetar, con miedos y con sensación de no haber desarrollado ciertas habilidades sociales o personales.
Mi duda es si esta forma de compararme con otras personas puede estar relacionada con la autoestima o con expectativas idealizadas sobre cómo “debería” ser uno en la vida adulta. ¿Es posible todavía desarrollar ese tipo de seguridad y madurez que percibo en otros? ¿Y cómo se puede trabajar la tendencia a compararse y sentirse por debajo?
Al observarlo, me surge la sensación de admiración mezclada con envidia sana. Tiendo a compararme con él y a verlo como una especie de “versión ideal” de lo que me habría gustado ser: una persona más madura, segura, asertiva, con estabilidad en la vida personal y con una trayectoria vital más construida.
Esto me lleva a pensar que yo, aunque no tenga mucha diferencia de edad, me percibo como más inmaduro, con dificultades para hacerme respetar, con miedos y con sensación de no haber desarrollado ciertas habilidades sociales o personales.
Mi duda es si esta forma de compararme con otras personas puede estar relacionada con la autoestima o con expectativas idealizadas sobre cómo “debería” ser uno en la vida adulta. ¿Es posible todavía desarrollar ese tipo de seguridad y madurez que percibo en otros? ¿Y cómo se puede trabajar la tendencia a compararse y sentirse por debajo?
Hola, soy Jesús Seijas, psicólogo con 22 años de experiencia.
Lo que describes puede entenderse muy bien desde la autoestima, la comparación social y la imagen idealizada de la adultez. A veces vemos a una persona pública y no solo vemos a esa persona: vemos una representación de algo que sentimos que nos falta. Seguridad, madurez, presencia, criterio, autoridad, éxito, vida construida o capacidad para hacerse respetar.
En ese sentido, la admiración mezclada con envidia sana puede ser una señal psicológica útil. No necesariamente habla de querer ser esa persona, sino de que algo en ella conecta con una necesidad tuya: desarrollar más firmeza, confianza, dirección vital o seguridad adulta.
El problema aparece cuando la comparación deja de inspirar y empieza a castigarte. Ahí la mente convierte a la otra persona en una medida de tu insuficiencia... “él parece hecho”, “yo estoy por detrás”, “él transmite seguridad”, “yo soy inmaduro”, “él ha construido una vida”, “yo no he llegado”. Esa comparación suele ser injusta porque estás comparando tu mundo interno, con tus dudas y heridas, con la imagen externa y seleccionada de otra persona.
De una figura pública vemos una parte muy limitada... su presencia, su discurso, su imagen, su trayectoria visible. No vemos sus miedos, contradicciones, inseguridades, errores, vida privada real ni procesos internos. La idealización rellena esos huecos y construye una figura más completa, estable o admirable de lo que probablemente es como ser humano.
También es posible que esta comparación conecte con una expectativa rígida sobre la edad adulta... la idea de que a cierta edad uno ya debería ser seguro, maduro, fuerte, resolutivo, respetado y emocionalmente estable. Pero la madurez no aparece igual en todas las personas ni en todos los momentos. Hay personas que desarrollan antes la parte profesional, otras la social, otras la emocional, otras la afectiva. También hay personas que han vivido experiencias que han frenado o complicado ciertas áreas.
Que hoy te percibas con inseguridad o con dificultades para hacerte respetar no significa que ya no puedas desarrollarlas. La seguridad no es un rasgo fijo. Se construye con autoconocimiento, límites, experiencias correctivas, exposición progresiva, regulación emocional y práctica en situaciones reales.
Quizá la pregunta más útil no sea “¿por qué no soy como él?”, sino “¿qué cualidades concretas veo en él que quiero empezar a desarrollar en mí?”.
Por ejemplo, más presencia al hablar; más calma ante el desacuerdo; más asertividad; más autonomía; más proyecto vital; más confianza corporal; más capacidad para sostener límites; más sensación de adultez interna.
Cuando concretas la cualidad, la comparación deja de ser una condena y se convierte en una orientación.
Trabajar esto en terapia implicaría revisar la autoestima, la sensación de inmadurez, las heridas de rechazo o humillación, la dificultad para poner límites y la tendencia a colocar fuera una versión idealizada de lo que te gustaría ser. También se trabajaría la relación contigo mismo, cómo te hablas, cómo interpretas tus retrasos vitales, cómo valoras tus avances y cuánto peso das a lo que otros parecen haber conseguido.
La envidia sana, bien trabajada, puede convertirse en información. Te muestra un deseo de crecimiento. Pero necesita transformarse en pasos concretos, no en comparación constante.
La terapia psicológica puede ayudarte a:
• Trabajar autoestima, inseguridad y sensación de estar por debajo.
• Reducir comparaciones idealizadas con figuras públicas u otras personas.
• Desarrollar asertividad, presencia y capacidad de hacerte respetar.
• Revisar expectativas rígidas sobre la madurez adulta.
• Transformar la admiración en objetivos personales concretos.
• Construir una identidad más segura sin depender de modelos externos.
Si necesitas ayuda, no dudes en decírmelo.
Un saludo.
Jesús Seijas, Psicoterapia Online y Presencial.
Lo que describes puede entenderse muy bien desde la autoestima, la comparación social y la imagen idealizada de la adultez. A veces vemos a una persona pública y no solo vemos a esa persona: vemos una representación de algo que sentimos que nos falta. Seguridad, madurez, presencia, criterio, autoridad, éxito, vida construida o capacidad para hacerse respetar.
En ese sentido, la admiración mezclada con envidia sana puede ser una señal psicológica útil. No necesariamente habla de querer ser esa persona, sino de que algo en ella conecta con una necesidad tuya: desarrollar más firmeza, confianza, dirección vital o seguridad adulta.
El problema aparece cuando la comparación deja de inspirar y empieza a castigarte. Ahí la mente convierte a la otra persona en una medida de tu insuficiencia... “él parece hecho”, “yo estoy por detrás”, “él transmite seguridad”, “yo soy inmaduro”, “él ha construido una vida”, “yo no he llegado”. Esa comparación suele ser injusta porque estás comparando tu mundo interno, con tus dudas y heridas, con la imagen externa y seleccionada de otra persona.
De una figura pública vemos una parte muy limitada... su presencia, su discurso, su imagen, su trayectoria visible. No vemos sus miedos, contradicciones, inseguridades, errores, vida privada real ni procesos internos. La idealización rellena esos huecos y construye una figura más completa, estable o admirable de lo que probablemente es como ser humano.
También es posible que esta comparación conecte con una expectativa rígida sobre la edad adulta... la idea de que a cierta edad uno ya debería ser seguro, maduro, fuerte, resolutivo, respetado y emocionalmente estable. Pero la madurez no aparece igual en todas las personas ni en todos los momentos. Hay personas que desarrollan antes la parte profesional, otras la social, otras la emocional, otras la afectiva. También hay personas que han vivido experiencias que han frenado o complicado ciertas áreas.
Que hoy te percibas con inseguridad o con dificultades para hacerte respetar no significa que ya no puedas desarrollarlas. La seguridad no es un rasgo fijo. Se construye con autoconocimiento, límites, experiencias correctivas, exposición progresiva, regulación emocional y práctica en situaciones reales.
Quizá la pregunta más útil no sea “¿por qué no soy como él?”, sino “¿qué cualidades concretas veo en él que quiero empezar a desarrollar en mí?”.
Por ejemplo, más presencia al hablar; más calma ante el desacuerdo; más asertividad; más autonomía; más proyecto vital; más confianza corporal; más capacidad para sostener límites; más sensación de adultez interna.
Cuando concretas la cualidad, la comparación deja de ser una condena y se convierte en una orientación.
Trabajar esto en terapia implicaría revisar la autoestima, la sensación de inmadurez, las heridas de rechazo o humillación, la dificultad para poner límites y la tendencia a colocar fuera una versión idealizada de lo que te gustaría ser. También se trabajaría la relación contigo mismo, cómo te hablas, cómo interpretas tus retrasos vitales, cómo valoras tus avances y cuánto peso das a lo que otros parecen haber conseguido.
La envidia sana, bien trabajada, puede convertirse en información. Te muestra un deseo de crecimiento. Pero necesita transformarse en pasos concretos, no en comparación constante.
La terapia psicológica puede ayudarte a:
• Trabajar autoestima, inseguridad y sensación de estar por debajo.
• Reducir comparaciones idealizadas con figuras públicas u otras personas.
• Desarrollar asertividad, presencia y capacidad de hacerte respetar.
• Revisar expectativas rígidas sobre la madurez adulta.
• Transformar la admiración en objetivos personales concretos.
• Construir una identidad más segura sin depender de modelos externos.
Si necesitas ayuda, no dudes en decírmelo.
Un saludo.
Jesús Seijas, Psicoterapia Online y Presencial.
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Lo que describes es un fenómeno bastante habitual y, efectivamente, suele tener relación con la autoestima, aunque no necesariamente con una baja autoestima en sentido estricto. A veces la admiración hacia determinadas personas actúa como un espejo que nos muestra cualidades que valoramos y que sentimos que nos gustaría desarrollar más en nosotros mismos. En ese sentido, la figura que admiras puede estar funcionando como una representación de algunos ideales personales: seguridad, asertividad, madurez, estabilidad o capacidad de liderazgo.
También es importante recordar que tendemos a compararnos con una versión muy seleccionada y visible de los demás. Conocemos nuestras dudas, inseguridades y errores cotidianos, mientras que de las figuras públicas solemos ver principalmente sus éxitos, su imagen pública o aquello que mejor saben proyectar. Esto puede generar comparaciones algo injustas, porque estamos comparando nuestra experiencia interna completa con la parte más visible y cuidada de otra persona.
Por otra parte, la madurez psicológica no suele ser un estado al que se llega de forma definitiva, sino un proceso continuo de aprendizaje y adaptación. Muchas de las características que mencionas —seguridad, asertividad, capacidad para poner límites o hacerse respetar— no son rasgos fijos de personalidad, sino habilidades que pueden desarrollarse a cualquier edad mediante experiencia, práctica y exposición progresiva a situaciones que inicialmente generan incomodidad.
De hecho, cuando una persona siente admiración mezclada con cierta envidia sana, puede ser útil preguntarse: "¿Qué cualidades concretas veo en esta persona que me gustaría incorporar a mi vida?". Al transformar la comparación en información, la figura admirada deja de ser una medida de insuficiencia personal y pasa a convertirse en una fuente de inspiración y orientación.
Respecto a la tendencia a sentirse por debajo, suele ayudar sustituir la comparación con otras personas por una comparación temporal con uno mismo. La pregunta deja de ser "¿estoy a la altura de él?" para convertirse en "¿soy hoy más capaz, más seguro o más consciente que hace unos años?". La autoestima suele fortalecerse más desde la percepción de progreso propio que desde intentar alcanzar modelos ideales externos.
En definitiva, que admires ciertas cualidades en otra persona no significa que carezcas de ellas, sino que probablemente te encuentras en una fase vital en la que eres especialmente consciente de su valor. Y sí, es perfectamente posible seguir desarrollando seguridad, madurez y asertividad durante la vida adulta. De hecho, muchas personas comienzan a consolidar esas capacidades bastante más tarde de lo que imaginaban cuando eran jóvenes.
También es importante recordar que tendemos a compararnos con una versión muy seleccionada y visible de los demás. Conocemos nuestras dudas, inseguridades y errores cotidianos, mientras que de las figuras públicas solemos ver principalmente sus éxitos, su imagen pública o aquello que mejor saben proyectar. Esto puede generar comparaciones algo injustas, porque estamos comparando nuestra experiencia interna completa con la parte más visible y cuidada de otra persona.
Por otra parte, la madurez psicológica no suele ser un estado al que se llega de forma definitiva, sino un proceso continuo de aprendizaje y adaptación. Muchas de las características que mencionas —seguridad, asertividad, capacidad para poner límites o hacerse respetar— no son rasgos fijos de personalidad, sino habilidades que pueden desarrollarse a cualquier edad mediante experiencia, práctica y exposición progresiva a situaciones que inicialmente generan incomodidad.
De hecho, cuando una persona siente admiración mezclada con cierta envidia sana, puede ser útil preguntarse: "¿Qué cualidades concretas veo en esta persona que me gustaría incorporar a mi vida?". Al transformar la comparación en información, la figura admirada deja de ser una medida de insuficiencia personal y pasa a convertirse en una fuente de inspiración y orientación.
Respecto a la tendencia a sentirse por debajo, suele ayudar sustituir la comparación con otras personas por una comparación temporal con uno mismo. La pregunta deja de ser "¿estoy a la altura de él?" para convertirse en "¿soy hoy más capaz, más seguro o más consciente que hace unos años?". La autoestima suele fortalecerse más desde la percepción de progreso propio que desde intentar alcanzar modelos ideales externos.
En definitiva, que admires ciertas cualidades en otra persona no significa que carezcas de ellas, sino que probablemente te encuentras en una fase vital en la que eres especialmente consciente de su valor. Y sí, es perfectamente posible seguir desarrollando seguridad, madurez y asertividad durante la vida adulta. De hecho, muchas personas comienzan a consolidar esas capacidades bastante más tarde de lo que imaginaban cuando eran jóvenes.
Hola,
Lo que describes es bastante frecuente y, efectivamente, suele tener relación con la autoestima, la identidad personal y las expectativas que tenemos sobre cómo “deberíamos” ser a determinada edad.
A veces nos encontramos con una persona que parece representar muchas de las cualidades que valoramos: seguridad, liderazgo, capacidad de decisión, éxito profesional, estabilidad emocional o reconocimiento social. En esos casos, la admiración y la comparación suelen aparecer juntas. El problema no suele ser admirar a alguien, sino convertir a esa persona en una medida de nuestro propio valor.
Además, hay algo importante que conviene recordar: cuando observamos a una figura pública como Enrique Riquelme, estamos viendo una parte muy concreta de su realidad. Conocemos su imagen pública, algunos logros y determinadas características visibles, pero no necesariamente sus inseguridades, dificultades, errores o áreas menos desarrolladas. Nuestra mente tiende a completar los espacios vacíos atribuyéndole muchas más cualidades de las que realmente conocemos.
Por eso, a veces la comparación no se produce entre dos personas reales, sino entre:
* La versión completa y cotidiana de nosotros mismos.
* Y una versión idealizada de otra persona.
Esa comparación suele ser difícil de ganar.
También me parece interesante algo que aparece en tu mensaje: no parece que solo admires lo que ha conseguido, sino lo que crees que esas cosas dicen sobre él. Es decir, quizá no sea tanto “quiero tener su vida” como “quiero sentirme tan seguro, tan capaz o tan dueño de mí mismo como imagino que él se siente”.
Y aquí hay una buena noticia: la seguridad, la asertividad, la capacidad de poner límites o la sensación de estabilidad personal no son rasgos que queden fijados en una etapa concreta de la vida. Son habilidades y formas de relacionarse con uno mismo y con los demás que pueden desarrollarse a cualquier edad.
De hecho, muchas personas descubren que parte de la madurez consiste precisamente en dejar de perseguir una versión ideal de sí mismas y empezar a construir una relación más realista y amable con quien son.
Quizá una pregunta útil sería:
“¿Qué cualidades concretas veo en esta persona que me gustaría desarrollar en mí?”
Porque es diferente pensar:
“Nunca seré como él.”
que pensar:
“Me gustaría aprender a expresar mejor mis opiniones, poner más límites o confiar más en mis decisiones.”
Lo primero suele generar sensación de inferioridad. Lo segundo convierte la admiración en una fuente de aprendizaje.
Por último, cuando aparece la sensación de estar “por debajo”, conviene preguntarse si te estás evaluando únicamente por aquello que sientes que te falta. Las personas solemos ser mucho más conscientes de nuestras inseguridades que de nuestras fortalezas, y eso puede dar una imagen muy incompleta de quiénes somos realmente.
Si observas que las comparaciones son frecuentes o que afectan a tu autoestima, puede ser útil trabajarlo en terapia. A veces detrás de estas comparaciones hay una sensación más profunda de insuficiencia o una idea muy exigente sobre cómo debería ser uno para sentirse válido.
Si lo deseas, puedes pedirme cita online y exploraremos juntos estas cuestiones para ayudarte a construir una autoestima más sólida y menos dependiente de las comparaciones.
Un saludo.
Lo que describes es bastante frecuente y, efectivamente, suele tener relación con la autoestima, la identidad personal y las expectativas que tenemos sobre cómo “deberíamos” ser a determinada edad.
A veces nos encontramos con una persona que parece representar muchas de las cualidades que valoramos: seguridad, liderazgo, capacidad de decisión, éxito profesional, estabilidad emocional o reconocimiento social. En esos casos, la admiración y la comparación suelen aparecer juntas. El problema no suele ser admirar a alguien, sino convertir a esa persona en una medida de nuestro propio valor.
Además, hay algo importante que conviene recordar: cuando observamos a una figura pública como Enrique Riquelme, estamos viendo una parte muy concreta de su realidad. Conocemos su imagen pública, algunos logros y determinadas características visibles, pero no necesariamente sus inseguridades, dificultades, errores o áreas menos desarrolladas. Nuestra mente tiende a completar los espacios vacíos atribuyéndole muchas más cualidades de las que realmente conocemos.
Por eso, a veces la comparación no se produce entre dos personas reales, sino entre:
* La versión completa y cotidiana de nosotros mismos.
* Y una versión idealizada de otra persona.
Esa comparación suele ser difícil de ganar.
También me parece interesante algo que aparece en tu mensaje: no parece que solo admires lo que ha conseguido, sino lo que crees que esas cosas dicen sobre él. Es decir, quizá no sea tanto “quiero tener su vida” como “quiero sentirme tan seguro, tan capaz o tan dueño de mí mismo como imagino que él se siente”.
Y aquí hay una buena noticia: la seguridad, la asertividad, la capacidad de poner límites o la sensación de estabilidad personal no son rasgos que queden fijados en una etapa concreta de la vida. Son habilidades y formas de relacionarse con uno mismo y con los demás que pueden desarrollarse a cualquier edad.
De hecho, muchas personas descubren que parte de la madurez consiste precisamente en dejar de perseguir una versión ideal de sí mismas y empezar a construir una relación más realista y amable con quien son.
Quizá una pregunta útil sería:
“¿Qué cualidades concretas veo en esta persona que me gustaría desarrollar en mí?”
Porque es diferente pensar:
“Nunca seré como él.”
que pensar:
“Me gustaría aprender a expresar mejor mis opiniones, poner más límites o confiar más en mis decisiones.”
Lo primero suele generar sensación de inferioridad. Lo segundo convierte la admiración en una fuente de aprendizaje.
Por último, cuando aparece la sensación de estar “por debajo”, conviene preguntarse si te estás evaluando únicamente por aquello que sientes que te falta. Las personas solemos ser mucho más conscientes de nuestras inseguridades que de nuestras fortalezas, y eso puede dar una imagen muy incompleta de quiénes somos realmente.
Si observas que las comparaciones son frecuentes o que afectan a tu autoestima, puede ser útil trabajarlo en terapia. A veces detrás de estas comparaciones hay una sensación más profunda de insuficiencia o una idea muy exigente sobre cómo debería ser uno para sentirse válido.
Si lo deseas, puedes pedirme cita online y exploraremos juntos estas cuestiones para ayudarte a construir una autoestima más sólida y menos dependiente de las comparaciones.
Un saludo.
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